Tony Moog, los niños y las redes sociales

Tony Moog ha vuelto al Capitol de Barcelona, de donde parece no se ha ido nunca. Sigue sumando espectadores a estas cifras de récord, que no conozco de ningún otro monologuista, porque hay una manera de contar Moog. Un estilo nada complaciente, brusco de talla, nada elegante de aristas, pero eficaz. Lo que cuenta el hombre atañe a todo aquel que sentado en su butaca recibe los impactos que van más allá de la palabra dura, del golpe bajo, pero noble.

Lo que suelta por su boca nos hace reír, y eso, creo, es lo grave. En otras circunstancias, todas las denuncias que derrocha a granel incitarían sino a una revolución, si a una rebelión, porque tras la carcajada, o tal vez en su lugar, se debería empuñar el hacha de la realidad y convertir en hechos esas palabras más allá de la denuncia, porque son queja y lamento, reivindicación y exigencia de derechos. Tal como lo narra Moog se convierte en la exigencia necesaria para evitar, conseguir o enmendar. Lo que me fastidia es que todo se quede en espectáculo y que sean los políticos quienes se sigan riendo de nosotros, que nos reímos con Moog, que se ríe de los políticos, y estoy harto de que eso siga así. Me gustaría romper esta cadena de risas y que esos golpes que nos provocan las carcajadas de la denuncia se resolvieran de otro modo. Así tendríamos oportunidad de reírnos de los políticos directamente. Y Moog estaría con nosotros como cabecilla de esa insurrección que me dan ganas de comenzar cada vez que salgo de ver uno uno de sus espectáculos.

Esta vez añade una nueva causa al show: las temidas redes sociales y la aparición de personajes singulares, desde los llamados it boys, las it girls, a los influencias, bloggers o youtubers, pasando por todo tipo de manipulación a la que nos exponemos cada vez que nos añadimos a dudosas listas de contacto. Está de moda, es el presente que no ya el futuro. Es un medio social de comunicación, de contacto de todo tipo. Y también es un modo de ganar dinero. No es fácil, sólo hay que lograr cualquier relevancia en televisión, a través de cualquier programa que fabrique churrimindunguis en cadena, seguir al que, o a la que nos parezca más atractiva/atactivo y caer en sus redes. Si los susodichos logran hacerse con una buena cartera de clientes (followers, se llaman), empieza para ellos el negocio. Cada vez que cliquen que les gusta la camisa, o cualquier prenda que usen los ínclitos, previamente etiquetada, van sumando puntos por los que reciben una remuneración. Hay trucos, que no trampas, para lograr multiplicar esos visitantes y por ende esos ingresos, que se van haciendo mayores casi sin darse cuenta.

Mientras eso sucede entre adultos, la cosa es preocupante, pero no dañina: cualquier persona mayor de edad tiene derecho a jugar con el prójimo: lo hace el gobierno, no podrá hacerlo el individuo que les mantiene? pues faltaba más. Lo que jode, así, en plan Moog, es cuando esta manipulación afecta a menores de edad. Estamos en un tiempo tan sensibilizado que estamos por la imbecilidad de separar por sexos y hablar de diputados y diputadas, de médicos y médicas, y tonterías similares, aunque observo que hay genéricos sin sexo: artistas, periodistas, hasta señorías. Obvio peatones y peatonas, transeúntes y transeúntas, ambulantes y ambulantas, aunque cualquier día un imbécil(o una imbécila) hará una tesis sobre estos impersonales caracteres y nos distraerán con ello, pues debemos asimilar que el lenguaje es también arma de ataque, un medio para evitar pagar las pensiones o hablar de ellas (mira, Moog, ese tema no lo has tocado y te llegará algún día).

Tony Moog en el camerino del Capitol frente a un mural de su hija Nora, de seis años

Vuelvo a la indefensión del menor. En esto de las sensibilidades también somos un país peculiar, prohibidas las corridas de toros, pero autorizamos festejos donde los animales son vejados hasta el dolor. Nos desvivimos para evitar un circo con animales por los (supuestos) malos tratos que se emplean en su doma. Pero descuidamos al niño desde todos sus puntos de vista: nadie habla de las estrellas del fútbol aisladas en la Masía del Barça, por poner un ejemplo cercano, de la soledad y ausencia de amigos y familias en pos de una fama y un dinero que el día de mañana hará más felices a sus familias, pero dudo que a ellos, a quienes convertirá en ídolos de ocasión sometidos al duro placer de gastar los millones que ganan, si son buenos, o perdidos en la miseria de la soledad y abandono si sus resultados no son los apetecibles. Estos ejemplos viene al caso porque Moog toca al niño víctima de las redes sociales, aquel pequeño monstruo (o monstrua), al que sus papás convierten en atracción de feria para sumar likes y elevarles a estrellas de los youtubers, y forrarse con ellos. Son los nuevos Joselito o Marisol, mírenlos ahora, el uno recuperándose eternamente de la piltrafa en que la fama le convirtió, y la otra escondida huyendo de todo lo que significó su infancia y  adolescencia. Las técnicas han cambiado pero la explotación del menor en la red es tan flagrante como lo fue en el mundo del espectáculo, sólo que corregido y aumentado. Y sin ningún tipo de control: haga usted con su hijo lo que quiera, es suyo.

Pues todo eso y mucho más vomita Moog en escena, esa denuncia a golpe de martillo que asusta desde su metro noventa largo y ese aspecto de vengador sin piedad sin más armas que las palabras. Que a veces hieren y duelen, aunque nos riamos y salgamos a la calle pensando que mañana se arreglará, porque hay tíos como Moog que lo denuncia, y que, aunque se la suda, lo gritará hasta quedarse sin voz.

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Josep Sandoval

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