Sil de Castro, en El Molino

Contra viento marea Elvira Vázquez sigue en su ardua tarea de mover las aspas de su Molino. Ya dijimos que el local sigue abierto a todo tipo de propuestas, y que está disponible para cualquier acto lúdico, público o privado que lo solicite. Así que igual nos encontramos con una fiesta evocadora de Studio 54 (que se instaló unos pocos años donde antes funcionó el Teatro Español y hoy es el Bars), de la mano de Raúl Orellana, que fuera su mítico dj, como una convención de telefonía o una boda. Así, el 19 Festival del Mil.leni ofrece hoy el concierto de Dom la Nena; Chico Malo, el 20; Dolo Belrán, el 27 y Sole Giménez, el 11 de mayo. Para evitar viajes innecesarios, lo mejor es llamar antes de ir. Pero por una temporada, los sábados por la noche son de Sil de Castro, («Mamá, ya estoy en El Molino»), en funciones a las 21, una hora muy cómoda que permite ir a descansar pronto o empezar a curar la fiebre del sábado noche con la antelación suficiente para prolongar el placer.

Un placer que, si lo empiezan con Sil, será el mejor de los comienzos. La joven actriz es experta monologista, formada en teatro de animación, performance, cuenta cuentos, café teatro y cabaret. Esta última modalidad nos permitió conocerla precisamente aquí, en El Molino, en sus dos apariciones previas, una dentro del VII Festival de Burlesque y otro con su espectáculo “Cabaretazo” en el que compartía palco escénico con Ana Yanini y una histérica pianista, María Rosa Menbrive con las que conformaba la compañía Las Sisters. Las tres alocadas féminas eran unas fantasiosas simpáticas a la búsqueda del burlesque, que ellas interpretaban como el país de las maravillas. De las tres, parece que una, Sil, lo encontró. Y ahora ha vuelto a El Molino para ofrecer su experimento, complejo y excitante, donde la acción desmonta la palabra en una batalla donde el texto no es precisamente enemigo débil.

En esta aventura en solitario Sil de Castro se nos presenta como un elemento potente, de fuerza desgarrada, vis cómica imperturbable. Autora fresca, de reflejos supersónicos, que dispara al aire contra los sentidos más íntimos. Reflejo posiblemente de algunos programas televisivos, toma de ellos una referencia brutal: desnudar su alma antes que hacerlo con las demás, pues acarrea menos problemas y te ahorras un dineral en el supuesto que el prójimo al que quites la ropa se querelle por invadir su intimidad. Además puede servirnos de terapia alternativa: ver las reacciones tras contar nuestro mundo interior al público, puede enseñarnos lo que debemos potenciar o prescindir de nuestra mente, y aún de nuestro cuerpo. Sobre todo si, como en el caso de Sil, el juego del desnudo abarca estos dos elementos que conforman el ser humano. La actriz nos hace un detallado estudio y razonamiento de su actitud sexual, trampa sobre la que se puede dudar, pero que no dejar de tener una tremenda atracción, compartir la intimidad de la ropa interior de los demás siempre ha sido uno de los motivos más excitantes del ser humano en sus horas de asueto.

Sil de Castro en una escena de «Mamá, ya estoy en El Molino»

Pero Sil de Castro va más allá, despoja prejuicios y prescinde también de perjuicios, pues en un sentido homenaje a su presencia en el Festival de Burlesque, incluye unos fragmentos visuales del arte de desnudarse. Que no es, como maléficamente nos habían enseñado, quedarse en pelotas para comprobar el tamaño de nuestras zonas erógenas, sino la habilidad en jugar con los tiempos para que las prendas que cubren nuestro cuerpo vayan desocupando sus posiciones para terminar en un montoncito sin importancia. Ese es el arte de burlesque en serio que la cómica lo reconvierte en una agitada carrera contra reloj en la que la ropa parece desintegrarse a la misma velocidad que sus palabras, que brotan como chorros de su garganta afilada y profunda.

La habilidad de la actriz hace que su monólogo sea fluido, como sus disparatadas impresiones acerca del sexo, su mundo, su identidad y todo ese universo proceloso que engloban las relaciones personales. Un torrente de definiciones sin sombra de vulgaridad, a pesar de que la temática incida en muchos de los puntos de ese diálogo con ella misma que mantiene Sil de Castro, entre atropellados bocados de strip-tease que ella reconvierte en parodias de su (aparente) poca habilidad para mostrar lo que quizá debiera darnos vergüenza, nuestra propia carne. Ella primero exhibe cerebro y después de armar el tinglado con sus afiladas acepciones y determinaciones, juega con el público, se ríe con él, aún de ella misma y confecciona un espectáculo entre el vodevil y la ternura, la carcajada y la sombra de cualquier sonrisa. En cualquier caso un pretexto para bajar un sábado a El Molino, que sigue imperturbable acogiendo esta vez un interesante y divertido show sobre necesidades, apetencias y primeras explosiones de esa cosa que todos queremos saber de la vecina y no nos atrevemos a preguntar. Aquí no será necesario, ella se lo pregunta y se lo responde porque ella baila sola.

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Josep Sandoval

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  • Una pasada , nos reimos y la recordamos con cariño

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