Cada vez que tropiezo con el personaje de Peter Pan en cualquiera de sus gráficas exponenciales se me hace más difícil aceptar que se trate de una obra para niños. En un momento en que se plantea la eliminación de muchos de los cuentos infantiles por su, en principio, planteamiento machista de las historias y el papel pasivo de las mujeres, remitidas a sujetos pacientes de heroicidades masculinas, no me extrañaría que cancelasen también las aventuras de un adolescente vestido de línkenes y sucedáneos que vive en un país donde no se crece nunca, habitado por hadas, sirenas, indios sioux y niños perdidos (los que se caen del cochecito al nacer), cuya conciencia vive fuera de él y atiende por Campanilla. Por si faltase alguna cosa a la historia nuestro héroe vuela y puede hacer que vuelen con él. Ante tamaña (y peligrosa) ingenuidad no me resultaría extraño que cancelasen todas las historias de Pan.

Peter Pan y sus nuevos amigos vuelan por el escenario del teatro Apolo de Barcelona

Escrita por James Matthew Barrie en 1904, fue fruto de su encuentro fortuito del autor con la familia Llewely Davies en un momento en que sus obras no recibían un trato favorable del público ni de la crítica. Con la madre de la familia y sus cuatro hijos estableció Barrie una relación fruto de la cual y tras pasar un verano conjunto, nació la increíble historia de Peter Pan. Peter, como el mayor de la familia con quien no conectó precisamente bien al principio el autor. La historia tuvo un final triste pues tras agravarse el estado de salud de la matriarca le representaron la función en el jardín de la casa, tras la cual,  falleció.

La historia de ese muchacho, en el fondo la de muchos que nos empeñamos en no crecer, tiene varias lecturas, desde una elemental con los problemas de la adolescencia al fondo hasta otras más filosóficas que incluso te arrastran a preguntas elementales, quiénes somos, adónde vamos, de dónde venimos, cuyas respuestas acrecentan nuestros miedos a medida que vamos adentrándonos en la madurez.

Peter Pan vuela hasta ese Londres de sabor post victoriano hacia una casa con tres hermanos a quienes se llevará hasta su país sin ayer ni mañana (Nunca Jamás), donde los miedos los fomenta un capitán pirata llamado Garfio por el que luce como mano izquierda (Disney lo dibujó en la derecha en su versión filmica), cantan sirenas y tiene a los indios de aliados. La idea de que Wendy, la hija mayor de la familia, se convierta en madre de los niños perdidos, no terminará de cuajar en esta historia extrasensorial que nos envuelve en fantasmas propios y trata de hacer prevalecer los sueños sobre una realidad por la que al final no sabes si decidirte. Aunque todos vuelan de regreso a Londres, te queda la duda si lo mejor es quedarse con Peter Pan y dejar que el tiempo se instale en nosotros y aceptar las aventuras en ese mágico universo donde ignoramos si conocen la felicidad. Tal vez  porque ignoran el sabor de un beso.

Wendy y Peter Pan en un momento de la función

Obra difícil en todo aspecto, tanto por su lectura como su plástica y su puesta en escena, hemos de reconocer que admiramos el trabajo de la compañía que hace volar (aunque poco) a este Peter Pan en el teatro Apolo de Barcelona, cuya gerencia, Gothika, bascula entre todo tipo de producciones tratando de salvar el escenario para una ciudad que lo fue todo y hoy apenas es la sombra de una entelequia.

Es un elenco reducido a la mínima expresión de ocho actores que se multiplican por arte de magia hasta dar vida a todos los personajes de la historia. Mención especial para Silvia Villaú, intrépida Peter Pan, pues como mandan los cánones interpreta al protagonista masculino, que resulta muy convincente tanto actoral en texto y cantables, pues la obra es un musical. Miguel Ángel Gamero, Claudia Zamora, Mariam Casademunt, Rodrigo Coello, Laura, Jonatan Varo, Fran Ortiz y Cristina Padilla, la pequeña hija del efiza director Tomás Padilla ponen en marcha un engranaje que deja buen sabor de boca desde sus limitaciones. Es sorprendente ver el saludo final con tan pocos actores y lo mucho que han producido cantando y bailando en escena. A la hora de los inconvenientes echamos en falta algún decorado corpóreo que ayude a componer el hogar londinense de la familia, en cambio están bien resueltos, dentro de sus posibilidades, escenarios como el barco, la selva de los piratas o el lago de las sirenas, donde apenas con eficacia humo se delimitan los espacios.

Vuelo corto, trayecto largo, historia compleja y, extrañamente comprendida por mayores y pequeños, que participan del juego con una complicidad absoluta. Eso quiere decir que no andan equivocados y que la ilusión sigue estando aquí, en el país del nunca jamás. El nuestro?

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Josep Sandoval

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