Pavlovsky, ocho sofisticados exterminios y un largometraje

Pavlovsky es un ente endogámico dedicada a la escena que hace cinco años, exactamente a los 72, decidió bajarse de las tablas porque estaba harto de filosofar bajo la luz de los focos y el suplicio del make-up: “Un día moriré de una sobredosis de maquillaje”, solía decir. De lo que estaba harto no era de escribir y soltar la carga díaléctica, muy a menudo diferente en cada función, sino con el aparato que se mueve detrás de las bambalinas y que por afán de perfeccionamiento (y ahorro, todo sea dicho), también corría a su cargo. Luces, música, vestuario, contratación, prensa. Todo era made in Pavlovsky, y eso se reflejaba en el resultado final de un espectáculo que sedujo a generaciones principalmente en Barcelona, en una de cuyas cunas más injustamente vilipendiadas, el cabaret Barcelona de Noche (calle de las Tapias, 5, y hoy comisaría de policía) le acogió cuando sin papeles, llegó de su pueblito argentino natal, donde dejó a papá ruso, lector empedernido, y mamá doméstica experta en la plancha, virtudes que heredó de ambos.

El artista fue único durante muchos momentos de la vida artística (y otras varias) del país localizada en esta ciudad. Su manera de contar historias hicieron de él una especie de sofisticada tía sexy de Mafalda, con reflexiones comparadas a las de Snoopy, cuya alma representaba: Pavlosky era Snoopy solo que en lugar de pensar tumbado sobre su caseta de perro lo hacía sobre unos stilettos que para el caso es mucho más peligroso porque favorece el desequilibrio. Con una inconsciencia innata, Pavlovsky, cual ángel exterminador, se colaba en todas las estancias del habitat humano para diseccionarlo sin piedad, pero con cordura, al menos la suficiente para abrir luces sobre los oscuros ángulos que siempre deparan situaciones comprometidas, como la política, el sexo o La Libertad, así con mayúsculas.

Lo que más me gustó de él fue que distinguió persona y personaje, era dueño del uno y del otro y jugaba a placer con ambas identidades cuando le daba la gana, que era siempre. También me encantaba que no usara pelucas femeninas, tal vez algún afeite o tocado (por ejemplo emulando a Fanny Brice con sus patines voladores de sus primeros shows), evitando así el numerito horripilante en que un transformista para añadir dramatismo final a su permuta se ponía muy serio y se arrancaba esa falsa cabellera como si fuera el fin de una era. No he visto nada más patético en un hombre que quiere, pretende, se transforma y desea vivir como una mujer, reduzca el momento decisivo a ese despoje capilar que siempre me ha dado náuseas. Pavlovsky dignificaba la aceptación de otra identidad, la otra, porque solo hay dos, y se convertía en la Pavlovsky con un gesto, una sonrisa, un guiño, una mirada o cualquiera de sus elegantes gesticulaciones con que componía su retrato femenino. Pero ni me lo imagino con cara de drama arrancándose el pelucón, creo que él mismo no lo hubiera soportado. Entre otras cosas porque aceptar con ironía y una sonrisa las situaciones (personal, política, profesional, ambiental), de un tiempo y una país, era el modo más sofisticado de hacerlo. Y a chic nadie le ha superado hoy en día,

Cansado de llevar 53 años peleando con todo y todos, decidió dejarlo, regalarlo todo, menos el talento, que se quedó con él, su hermana Alicia, la hija de ésta Martina e incluso la de ésta. Toda una especial familia que se refugió en un lugar de Banyoles donde se dedica a descansar, a dormir esas diez horas que antes le eran imprescindibles y ahora le dan igual porque nadie va quitarle las horas disfrutadas y no hay necesidad ahora de reponerlas. Dice que lleva una vida de jubilado sin nada que ver con ella.

Bárbara Granados y Ángel Pavlovsky en La Gleva

Así estaba él de tranquilo, aceptando pequeños papeles que ofrecía algo amigo como el genial Mario Gas, que no le robara demasiado tiempo a su descanso, cuando de repente apreció el periodista Albert de la Torre con una propuesta que su vanidad no le impidió rechazar. Rodar un largometraje (“los documentales son para los bichos”, dice) que se titula ”Qué fue de Ángel Pavlovsky?” en los escenario naturales que aún se tengan en pie, de Barcelona, Madrid, París y Buenos Aires, donde él presentó sus montajes. En la cinta habrá una entrevista y un falso espectáculo, un “comeback” artificial localizado en La Gleva, el diminuto teatro del barrio del Farró, al lado de la calle de Padua,

Durante cinco días, que luego han sido ocho porque la lista de espera para ver la función superaba las mil personas, Pavlovsky interpreta una selección de algunos de sus pensamientos que actualiza con aventuras personales, suyos o de la pianista que le acompaña, la también exquisita actriz Bárbara Granados (esposa de De la Torre y nieta del compositor Enrique Granados), alternando realidad y ficción, ausencias mentales y olvidos recurrentes con algún despiste o necesidad fisiológica impuesta por el guión (“me voy a hacer pipí”), para abandonar una escena salpicada de vapor de agua efecto niebla de Londres, y unas luces apasteladas que refuerzan las situaciones, del rosa al negro. Asistimos a una función donde Pavlovsky hombre se convierte en Pavlovsky estrella añadiéndose unos años de más bajo los focos para luego sorprender con una vitalidad fuera de contexto. Canta el artista dos temas, excelsas melodías con historia. Una es puro Sondheim, del musical “Follies”, que refleja el ayer y el hoy de famosas vedettes que desfilaron por la escena de un teatro a demoler. Una obra, maravillosa, que puso en pie Mario Gas, donde hay una canción que refleja el estar por encima del ser: «I’m Still Here”, “Sigo aquí” que en Madrid cantaba una excesivamente fogosa Massiel.y que en el mínimo escenario de La Gleva Pavlovsky lleva a lo más profundo del alma, con una sensibilidad que humedece los ojos. La otra canción es de un dramaturgo, matemático, cantante y compositor entre otras cosas, Tom Lehrer, un judio neoyorquino, que escribió diez canciones para la educación de los niños, una de las cuales sobre la droga compuso tras la muerte de un hijo suyo a causa de ello. Y conmueve la sensibilidad para dotar al tema de un aire casi festivo, que fue adoptado luego como himno en una escuela para recuperación de drogadictos adolescentes.

Angel Pavlovsky, sólo ocho shows para un adiós sentimental

Casi dos horas después del saludo inicial, Pavlovsky, sobrio, con casquete negro, blazer también negro -con una de las cien panteras negras que Christian Dior diseñó para cien amigos una Navidad-, y falda de rejilla, se despedía a besos de todos. Luego recuperó la capacidad de reír (hasta ahora sólo había sonreído), saludó y se hizo selfies con los fans. Que sólo podrán recuperarlo en la película de De la Torre, porque en vivo y directo no creo que nos reciba ni en su casa de Banyoles. Que la muy diva Pavlovsky no deja que Pavlovsky vuelva a ser humano y se mezcle con el pueblo. Y hace bien, que hay mucha lagarta suelta, todavía.

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Josep Sandoval

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