Pavlovsky gana el primer premio Ocaña

Hubo una vez una ciudad llamada Barcelona que quiso ser prodigiosa y hasta Eduardo Mendoza la tituló así. Y esa urbe tuvo una época de rebeldía y de batalla, de ilusión y lucha, de fe y esperanza. Corrían los 70 y los 80 y entre otras muchas inquietudes destacó una en forma de ser mágico, el Ocaña, un humilde pintor decorativo de la Plaza Real que, sin pretenderlo, fue un símbolo de libertades. Envuelto en sus vírgenes de papel o desnudo en su total aceptación, nuestro personaje inició un camino que abriría nuevas maneras a las opciones humanas. Vestido de folklórica, a la usanza de su originario sevillano, desmontaba comentarios a golpe de peineta abriendo a su paso ideologías distintas que, vayan ustedes a saber, todavía hoy siguen siendo problemáticas a pesar de su aparente normalidad. Con su especial sexualidad por estandarte Ocaña vivía su vida con toda la libertad que podía acaparar de un sociedad que soltaba amarres en una ciudad que tenía mucho que decir aunque había voces que ocultaban (y/o trataban de ocultar) esos espontáneos gritos de libertad surgidos en cualquier parte.

Pavolovsky con el premio Ocaña y Ventura Pons en el cine Texas

Ocaña murió al incendiarse un traje de virgen que se había fabricado para las fiestas de su pueblo. Y su muerte se llevó una manera de pelear que no es sino la manera más decente de vivir. Sigue siendo un recuerdo para muchos, en especial para el director cinematográfico Ventura Pons que le dedicó un emotivo homenaje en su película “Ocaña, retrato intermitente”, que sigue siendo hoy un documento imprescindible para comprender la realidad de un tiempo y un país, de una ciudad que iba para prodigiosa y que hoy, tras un resurgir brillante, muere de asco en las entrañas de una dicotomía de la que es imposible escapar y que la llevará a la desintegración total.

Albert de la Torre, Eva de la Torre y Pavlovsky en plena performance

Pons, hombre de cine, aventurero arriesgado, curtido en kilómetros de celuloide, se inventó el otro día un premio destinado a glosar la memoria de ese otro aventurero ideológico. Sería un honor para otro honor. El premio, naturalmente, se llama Ocaña y está destinado a distinguir a aquellos cuya actitud circule por esos mismos caminos por los que utilizar las libertades del ser humano conlleva aceptar todos los riesgos que eso comporta. Convocados en los cines Texas, propiedad de Pons, nos reunimos allí alrededor de otro ser humano, experto en estas lides de apurar sensibilidades, aunque su prisma encerrara un toque de frivolidad. Él sería el receptor de ese primer premio Ocaña, un grabado con una de las vírgenes fetiche del desaparecido. Y ese hombre elegido fue el mágico Pavlovsky, a quien no recuerdo haber visto nunca antes con un perfecto traje de hombre y camisa de vestir: una corbata y hubiera creído equivocarme de sujeto. El actor argentino es parte también de esa historia barcelonesa, de barrios bajos frecuentado por élites, donde cultura y fantasía se daban la mano y el poder se doblegaba ante el ingenio para solventar las noches más oscuras de nuestros pensamientos. Pavlovsky, que hizo de la ambigüedad su marca de fábrica, añadió a su presencia un mantón de Manila y un bombín para acompañar unos versos de Juana de Ibarbourou, acompañado al chelo por Eva de la Torre. Frente a la pantalla desnuda de la sala 1 del Texas, brilló el alma y se rompió la noche antes de degustar el documental que sobre su vida y obra realizó el periodista Albert de la Torre, siempre con complicidades especiales, la más importante la de su esposa, la panista Bárbara Granados que acompañó al actor en su tanda de cinco recitales del Teatro de la Gleva, como lo había hecho en tantas otras ocasiones.

La sala se llenó de amigos y colegas, supervivientes de aquel conato de ciudad, entre ellos Jesús Pérez Ocaña, el Sevilla, hermano de quien ostenta el premio, y diversa gente del cine, como el productor y director Lluis Miñarro, que dada su trayectoria, su pasión y exposición por las libertades podría postularse para la próxima convocatoria del premio: sus polémicos filmes tropiezan todavía hoy con trabas de todo tipo y por eso tras su excitante “Stella cadente” tiene aún pendiente de estreno “Love Me Not”, una visión de “Salomé” con un trío de infarto, Francesc Orella, Lola Dueñas e Ingrid García Johnson.

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Josep Sandoval

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