Tal como están las cosas a tres amas de casa que esperan a sus hijos en la puerta del cole no se les ocurre otra cosa que organizar una tienda de cup-cakes en la misma plaza donde cada tarde repiten sus rutinas de madres, relativamente desesperadas, con problemas para llegar a fin de mes. Una vez en marcha, y ante el fracaso del negocio, una aventura fortuita de una de ellas les hace caminar hacia otros derroteros. Aprovechando la ausencia de negocios con final feliz destinados a complacer a las señoras, diseñan uno paralelo en el que tras un complejo código, las clientes gozarán de un masaje vaginal (en un principio) que las convertirá en asiduas a la singular pastelería de donde saldrán servidas y felizmente alimentadas y aliviadas. Con estos mimbres, Nico & Sunset, o lo que es igual Oriol Vila y Raquel Salvador han dirigido “Oh, mami!”, (Teatre Borrás, Barcelona), una comedia escrita por el primero en que dan rienda suelta a una nada fantasiosa realidad, sino más bien a una lamentable soledad en el que las necesidades, emocionales y económicas, de tres mujeres se materializan en una singular pastelería.

La compañía de «Oh, mami!», con Oriol Vila y Raquel Salvador en el centro

Vila ha hilado a lo grueso en la comedia pues no sólo es exagerada en el léxico sino también en soluciones y resoluciones, echando mano de sal gruesa, lenguaje habitual y situaciones límites para las señoras de este cuento cruel. Ninguna de las tres se resiste al peculiar negocio, sólo una de ellas es contraria a la idea, aunque el comportamiento del marido es el detonante para hacerla cambiar de opinión. Mientras que la más decidida encuentra el amor en su propio teorema, a la otra parece no importarle nada que sea su propia pareja la que entre a formar parte del negocio desde el punto de vista más primario. Oriol Vila hace desfilar unos sentimientos  contrariados, una locura de clientas (muy bien resuelta por  Arturo Busquets y Jofre Borrás), y unas almas en estado de perpetua excitación que cuando no caen en el slapstic entran de lleno en el vodevil más desmadrado.

Fuera de contexto quedan algunas acotaciones con las que se suelen racionalizar ciertas situaciones. Son dramatizaciones que chirrían en una comedia que es una locura entre la carcajada perpetua y las acciones, a veces un tanto forzadas, por las gentes de este “Oh, mami!” tras el que se oculta el sabor del placer, un imperio de los sentidos complacidos y no por los cup-cakes precisamente.

Una breve compañía da rienda suelta a esta locura dulce donde la ambrosía se mezcla con ligeros toques amarantos que no lastran, a pesar de todo, el aire festivo de la obra que deriva en una locura hacia el final: no hay puertas y ventanas que se abren y cierran acompasadamente, en cambio sí hay orgasmos (femeninos, para soltar algún spoiler que ya habrán adivinado), mamparas que se corren y escaleras con tráfico notable. Hay un bebé que llora a destiempo, una monja en patinete muy surrealista cliché, donde también hay una nonagenaria que campa a sus anchas en busca del placer de sus sentidos. Y parece que lo encuentra.

Anna Barrachina tiene la parte más lúcida de este embrollo, que resuelve de modo excelente en sus tonos menos agradecidos, como el homenaje a su abuela un tanto descolorido de texto; Betsy Túrnez y Joana Vilapuig son las socias del negocio con vigor, y los citados Busquets y Borrás en sus papeles de mujeres orquesta, que aportan fidelidad al asunto. Mención para Octavi Pujades, ideal en ese masajista ligón al que pierde su fidelidad al trabajo, aunque su desnudo queda un tanto injustificado: al menos la cara de Barrachina, sujeto presencial de su anatomía principal, que sólo muestra impavidez, aunque no sabemos el porqué (tamaño, forma, proporción de sus partes nobles?)

Una locura con final feliz, sorpresa “acuática” y mucho absurdo en esta muestra de economía sumergida en la que sale a flote la alegría de la vida, femenino plural, en su facción más elemental.

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Josep Sandoval

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