Mont Plans también es una gran trágica

“Para todos aquellos que han venido a El Molino para ver muslo, ahí va”. Y la increíble Mont Planas se levanta el sudario hasta la misma ingle arrancando la más amplia sonrisa de un respetable que apenas unos minutos antes tenían la lágrima al borde del desparrame. La genial actriz, de marcada vis cómica, ha querido arrancarse la espinita entregándose en cuerpo y alma, aunque más en esta por cuestiones que detallaremos, a un personaje que arranca en escena amortajada y con un rosario en las manos. Julia, su otro yo, acaba de morir y espera el tránsito dialogando con el respetable que, por razones obvias, ni la ve ni la oye, aunque tal vez sí porque ella larga su discurso en un monólogo entrañable y sentimental muy consciente de que la tienen presente, aunque el diálogo sea imposible, y las las preguntas y respuestas se queden, como diría Bob Dylan,“blowin in the wind”.
 Julia, la Mont Plans del relato,  tuvo una infancia feliz, aún desde su hogar, instalado en el peculiar negocio familiar, una funeraria que la familiarizó desde ese inicio de vida con el irremediable pase a la eternidad. Jugar al escondite entre ataúdes dota la niña de una inmunidad que, apoyado por el lejano sentimiento que se tiene de la muerte apenas llegado a la vida, la deja indiferente frente a todo aquello que a los demás nos va preocupando a medida que pasan los años.

Este “speech” post mortem es un paseo por la vida, ahora que Julia-Mont ni siente ni padece, donde pasa cuentas con todos y con ella misma. En esa libertad, se permite valorar, criticar, juzgar, sin miedo ya a nada. Ese tren de secuencias que deambula por el túnel hacia la luz que dicen se le aparece a uno justo antes de morir, lo desglosa Mont Plans desde un punto de vista diferencial. Lo contempla y valora justo cruzado el umbral como el de aquella mujer que vivió, amó y sufrió desde su adolescencia. Que fue un camino, como el de casi todos, donde la tragicomedia privó sobre los tiempos, en su caso pintados de negro por su funeraria familiar pero también porque la vida le fue regalando y robando con pequeños espacios de tiempo, algo tan preciado como es el amor y la felicidad.

Mont Plans y Óscar Constantí, autores de “Sembla que rigui”

Podría decirse que a la Julia que a la hora de morir le ha quedado un rictus risueño (“Sembla que rigui” es el título del monólogo), le persiguió una fatalidad que supo combatir con distintas armas. De niña jugando entre ataúdes, de adolescente trabajando en la empresa y finalmente, a la hora de su segundo esposo, compartiendo lecho con el hombre que fue mano derecha de su padre y ahora le devuelve la felicidad alumbrando un hijo suyo. Un pasar con el estigma de la muerte por, para, encima, sobre, tras una mujer que nos parece infeliz hasta en su felicidad. Toda su vida está plagada de fugaces apariciones, máxime si tiene en cuenta que esta vida es un pasar, dejando a nuestra heroína sola ante su futuro y previsto final. Una fecha que no le preocupa porque la proximidad de la parafernalia habitual del acontecimiento irremediable lo domina desde la infancia: no hay miedo, tal vez una cierta presión para abandonar este mundo que le trajo la felicidad a patadas.

En este monólogo a la vez tan rico y tan parco, tan agradecido y trágico, Mont Plans se muestra como una actriz, una gran actriz, que maneja textos y silencios, añade magnitud a la tragedia reduciendo la voz al susurro para que el grito sea aún más desgarrador y machaque sentimientos. Plans está espléndida en una tesitura tan alejada de su cliché habitual que emociona y conmueve, atrapa y te deja volar a ritmo de sus palabras. Las tripas de la actriz se escuchan en el silencio y están sobre el corazón en determinadas secuencias mientras que en otras es la más que su agradable voz la que enternece con una sinfonía de sensibilidad hecha canción. Construido sobre una idea de la propia actriz, y escrito por ella misma en colaboración con Òscar Constantí, “Sembla que rigui” es un brillante ejercicio para después de la muerte que debe verse mucho antes de que esta suceda. Es un texto brillante, duro sin aristas de crueldad ni necrofilia a pesar de lo que nos ocupa, y del que, puestos a criticar, vemos un poco forzada la situación “viajera” del personaje que una vez libre del negocio, nos cuenta sus viajes por el mundo para informarnos someramente de la cultura de la muerte en diferentes países. Este mortuorio National Geographic queda un tanto descolocado porque una funeraria no creo que dé como para darse esa vuelta al mundo en ochenta cementerios y luego ingresar en una residencia, al precio que están. Lo que nos preocupa del montaje es que no haya sesiones para todos, porque, en principio, sólo están prevista funciones en El Molino para el mes de mayo, los domingos a las siete de la tarde y los lunes a las nueve de la noche. Los precios son populares, y eso en un local sin subvención oficial de ningún tipo, es de agradecer y apoyar. Vayan sin miedo, la única sensación que percibirán será la de morir de placer.
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Josep Sandoval

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