Milá, entre la depresión y el dinero

He dejado pasar cuarenta y ocho horas para volver a ver la entrevista de Jordi Évole a Mercedes Milá, dos admirados patrones donde fijarse para seguir en una profesión tan devastada como es esta de informar. Desde su ingenuidad manifiesta, el primero se ha llevado a la segunda hasta Miramar, justo donde estaban los primeros estudios de TVE y que fue también primera casa profesional de la segunda. Relativamente profesional porque estuvo de falsa becaria (por supuesto no cobró), porque fingió una inexistente tesis para introducirse en el medio en el que ha llegado a ser un referente.
Conozco a Mercedes desde tiempo inmemorial, de hecho fue la primera entrevista que hice para un dominical de La Vanguardia y, probablemente, también para ella. Me citó en el Flash Flash y desde el primer momento desarrolló una de sus defensas, la superioridad del poderoso sobre el indefenso preguntador. Me afeó que no conociera su pasado laboral, y que antes de verla no hubiera consultado la Hemeroteca para saber su (breve) curriculum. Desarrolló un acercamiento de condescendencia y descaro, una postura, entre arrogante, agresiva y de superioridad manifiesta, que hace insolente a quien nace en cuna noble, mientras trataba de anular defensas a siervos como yo que me apresuré a preparar mi venganza, que llegó al final. A la estrella, que ya prometía en aquel entonces, había que hacerle fotos. y, aunque ella insistía en que apareciera el local, diseñado por su tío, le di unos rotuladores de colores para que jugara con ellos: la fiera de mi niña entretenida cual menor, lista para colorear sus juguetes preferidos. Unas imágenes infantiles frente a la prepotencia de la colega cuyo futuro estaba a punto de comenzar, pero que llegaba con las coordenadas bien delimitadas desde casa.
En una amena entrevista, salpicada de recuerdos y referencias, recordó Mercedes a Évole no haber tenido nunca miedo a preguntar nada por esa impronta de cuna, pertenecer a la de los condes de Montseny, que rige en su escudo de identidad y la hace inmune a las agresiones económicas.
Así que a salvaguarda de las inclemencias materiales, sólo las espirituales podían alterarle el orden establecido. El cerebro y el corazón, que no el estómago aunque el dolor empiece por ahí, son sus músculos (vísceras?), capaces de fastidiar procesos creativos y emocionales que den al traste una trayectoria que no tiene en cuenta procedencias.
Por eso Milá, la Milá, dejó de estar en “Gran hermano” a causa de una depresión. Es un proyecto que nunca me gustó porque me pareció banalizar las teorías de Orwell acerca de las técnicas de vigilancia de una sociedad totalitarista, para convertirlas en un concurso de televisión no sólo era injusto para el literato inglés sino que desvalorizaba su lucha a favor del socialismo democrático del más férreo detractor del imperialismo, el británico de preferencia. No fueron esos los motivos por los que Milá dejó de presentar el concurso, ella era (y es) férrea defensora de este formato televisivo y jamás sabremos la verdadera razón por la que dejó de soplar esa flauta de Bartolo que en forma de maletín con muchos miles de euros seducían (seducen) a unas docenas de jóvenes desengañados a las que les da igual que violen su intimidad con tal de llevarse un dinero a casa, algo que no han podido hacer con un trabajo digno porque no lo encuentran, en el supuesto que lo busquen. Milá dejó  “Gran hermano” después de 18 ediciones, en las que sólo faltó una, en que fue sustituida por Pepe Navarro, y la última del 2017 en que lo presentó Jorge Javier Vázquez, ambas ausencias  saldadas con resultados negativos.

Volviendo a lo nuestro, Milá le contó a Évole que dejó “Gran Hermano” por una depresión. Y dice que fue por amor, porque diez días antes de la gran final en que la comedia se acaba y toda la pandi de desocupados han enseñado sus miserias y ansían el botín, a la periodista, que lo es, la abandonó un amor. Y sintió una daga en el estómago, y aguantó en silencio y para sustituir la pasión se convirtió en una workalcoholic, de tremendos efectos secundarios. Se vio fuera de lugar, lejos de sus extravagancias, desbancada de ese poder que le permitía ejercer de condesa, ama y señora de esos pobres vigilados. Fuera de sus territorios, Milá cayó en ese pozo de desesperación, un lúgubre lugar que hemos probado muchos que, con o sin amor, nos encontramos de repente en un lugar llamado infierno al que tratamos de adaptarnos como zona de confort. De ahí se sale con voluntad, esfuerzo, ayuda psicológica y pastillas. Aparcando obsesiones y contemplando otras perspectivas, si las hubiere.

Mercedes Milá y Jordi Évole en los jardines de Miramar

Quiero desechar, por todo lo descrito al principio, que Milá haya entrado en depresión por una cuestión material, no es lo suyo. Aunque no estaba bien pagada si tenemos en cuenta los sueldos de funciones similares en otros programas. Por tener una idea, las presentaciones tipo “Master Chef” o “Tu cara me suena”, salen entre 20.000 y 24.000 euros por programa, y los jurados de talentos entre 10.000 y 6.000. Para ir a un reality la tarifa máxima que abonan es de 30.000 euros a la semana, aunque hay quien pueda estar en los 3.000. Son precios establecidos y suelen tener poca variación: dicen que Quico Matamoros pidió 40.000 euros a la semana por ir a “Supevivientes” y la productora no cedió.
Bien, Mercedes Milá estaba en los 36.000 euros por programa y pidió aumento de sueldo, dicen que 3.000 euros más, a lo que se negaron. Pero el aumento era lógico porque la periodista tenía, prácticamente, las mismas tarifas desde que empezó en el año 2.000, entonces contratada directamente por Telecinco que le abonaba 24.000 euros por emisión. Así hasta el primer abandono, por cuestiones monetarias, donde fue sustituida por Pepe Navarro, que no alcanzó los objetivos previstos, y su contrato fue gestionado por la productora Zepelin, que, se supone, llegó a los 36.000 euros actuales.  Lo mejor. si dudarlo, son los contratos de cadena, toda una garantía para valores seguros, como Jesús Vázquez, Jorge Javier Vázquez o Jordi González, cuyos montantes anuales podrían estar entre los tres y cuatro millones de euros. Suelen tener caducidad a los tres años y en la actualidad están a la baja, En septiembre vuelve “Gran hermano Vip” (la versión con famosos tirando a caspa), y esperan que el formato con personas anónimas regrese en el 2019. Pero. volverá Milá ?
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Josep Sandoval

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