Mágica danza de cisnes en el Tívoli

Por una breve temporada se ha instalado en el teatro Tívoli de Barcelona el Ballet de Moscú que este año celebra su treinta cumpleaños. Y lo hace con una producción de “El lago de los cisnes”, una versión radiante que supera las anteriores que hemos visto en las sucesivas ocasiones en esta brillante formación ha visitado nuestra ciudad. Novedades las justas, el ballet, que originariamente tiene cuatro actos se ha visto reducido a dos, el segundo de los cuales tiene dos cuadros y presenta la particularidad de ofrecernos un final feliz: el príncipe Sigfrido y el cisne blanco terminan amándose a la orilla del lago donde danzan estas hermosas muchachas transformadas en cisne por un maléfico hechizo del terrorífico Von Rothbart. Aclaramos este punto porque el ballet, a lo largo de los años y montajes ha presentado distintos finales para todos los gustos alterando el original, en el que Sigfrido y Odette su cisne amado se inmolan para romper el maleficio que afectan a todas las demás muchachas y así al final, los espíritus de los amantes sobrevuelan el espacio sobre el lago. Esto es una anécdota más del accidentado montaje de una ballet que tuvo un mal estreno, y que fue objeto de varias modificaciones en los primeros años de sus representaciones, no logrando el éxito popular hasta avanzada su historia. Partituras complementarias, diversas alteraciones de tiempos e incluso de guión, así como modificaciones y cambios en la coreografía de la que sigue impretérrita el difícil paso a cuatro de Marius Petipa,  que sigue siendo un reto para las bailarinas (aquí M. Minakova, N. Odionokova, V. Bogomazova y K. Ovod), y un goce total para el espectador.

C. Terentiev y A. Petrichenko son cisne y príncipe de «El lago de los cisnes»

Tiene esta versión una gran fuera expresiva en sus movimientos, y una compañía espléndida y joven que multiplican su presencia dotando a sus personajes de la personalidad precisa en casa uno de ellos. Y con algo que siempre nos preocupa, que es la ausencia de la compañía al completo en el saludo final de la función: protagonistas al margen sólo reciben el aplauso del respetable los que intervienen al final, esta vez los del segundo cuadro del segundo acto. Quedan fuera de foco los integrantes masculinos de la compañía, que no intervienen en la secuencia de la redención y (esta vez sí), de amor. Pero todos merecen el aplauso en esta producción que parece gozar de una popularidad sin fisuras en la escena barcelonesa, y lo decimos a tenor de la afluencia de público y la venta anticipada de localidades que funciona como en los espectáculos más deseados.

A. Minakov y A. Petrichenko, son el bufón y el príncipe de «El lago de los cisnes»

Cono señalamos al kit completo de ese éxito debe sumarse unos evocadores decorados, muy sutiles en el evocador lago y quizá demasiado escuetos para los del palacio real, así como un exquisito vestuario que en la parte femenina especialmente se revela inspirado en las pinturas prerrafaelitas adaptados a las exigencias técnicas del ballet. Señalemos al dúo protagonista, la exquisita C. Terentiev en el doble papel de Odile y Odette, que repite el éxito de la edición anterior, y a A. Petrichenko como el príncipe Sigfrido, a los que debemos añadir sin falta a A. Minakov, como el omnipresente bufón (baila más que nadie) y al malvado Von Rothbart que interpreta A. Terentiev. Aunque debemos insistir en la mágica disciplina de una compañía perfecta en la que cualquier podría ser una estrella. Para ejemplo, los números corales de esos cisnes inmaculados bailando bajo la luz de la luna con paso impecable, firme y hermoso.

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Josep Sandoval

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