La primera entrega de premios cinéfilos del año a escala mundial es la de los Globos de Oro que se celebra a principios de enero en el hotel Beverly Hills Hilton de Los Ángeles. Es una fiesta lúdica que no tiene nada que ver con la entrega de los Oscar, donde toda la audiencia permanece sentada durante las cuatro horas largas que dura la ceremonia y donde quienes disponen de las filas, accesibles a primeros planos de la realización televisiva, tienen un doble para ocupar su lugar cuando se ausentan por cualquier motivo (baño, un cigarrillo). Suele decirse en el mundo del cine que si los Oscar son la boda, los Golden Globe son la despedida de soltero.

La que nos ocupa es una fiesta divertida, un tanto alejada del protocolo, con reglas tan poco rígidas que pueden saltarse con la discreción pertinente. Organiza los premios la Asociación de Críticos de Cine extranjeros pero únicamente los residentes en Los Ángeles, cuyo número no supera los noventa miembros, a quien puedes ver en un almuerzo informal el día antes en el mítico Teatro  Egipcio de Sunset  Boulevard, en un encuentro con cineastas de culto, de élite o del Este europeo.

La sala del Beverly donde se realiza la entrega tiene una capacidad para 1.300 personas, buena parte de las cuales son nominados y acompañantes, más aquellos que en esos momentos acaparen la atención mediática por cualquier motivo. Todos ellos están invitados gratis, por supuesto, mientras que los críticos abonan unos 150 dólares por ticket, y tiene a sun disposición hasta seis por persona. Hay una parte destinada al público y que se ponen a la venta por 750 dólares, que dan derecho a muchas cosas que detallaremos más abajo, de momento vamos a planificar el desplazamiento. Lo mejor es alquilar un coche con chófer que te recoja en el hotel, te deje en la puerta del Beverly Hills Hilton y vuelva a buscarte a una hora pactada en el mismo acceso: conviene fijarse bien porque la llegada es muy complicada, los accesos al hotel están cercados por motivos de seguridad y desistan de pillar un taxi a la salida, como diría Tom Cruise, Misión Imposible.

La ceremonia empieza a las seis pero conviene llegar, como mínimo, dos o tres horas antes. Primero por el control de policía cada quinientos metros, alguno de ellos con perros y espejos para mirar por debajo del vehículo, después porque tendrán que abrir el maletero y las guanteras. Y pos supuesto, identificarse y mostrar la invitación. El coche te deja al principio de la red carpet y a partir de ahí hay un pasillo en zig zag con un par de arcos detectores de metales que obligatoriamente pasa todo el mundo, y a partir de ahí ya es un colegueo total con las estrellas. Como hay tanta masa actoral en Hollywood, todos lo son, o lo parecen, así que nadie escatima una sonrisa, ni te rechaza una mano o evita un selfie porque básicamente o son actores o críticos, cualquiera de los dos amigos inevitables. Puedes seguir por el pasillo hasta el hall del salón de los premios, coger un  refresco y volver a pasear procurando no estorbar ni cruzarte con las cámaras de los abundantes e improvisados sets donde entrevistan a las estrellas.

Ya en el interior es sumamente fácil localizar tu mesa entre las cientos de ellas,  distribuidas en semicírculo alrededor del relativamente pequeño escenario, de boca enorme pero poca altura. Pegadas al mismo las mesas con las estrellas nominadas por categorías y, alejándose, gente del cine, prensa e invitados y al final público de pago que, curiosamente, es el que está más lejos de la escena, aunque no importa porque un multitudinario servicio de pantallas de televisión te acerca lo que sucede en escena. Y luego porque puedes circular por la sala libremente hasta que empieza la retransmisión, que nunca excede de las tres horas con cortes de publicidad de tres minutos cada cuarto de hora.

A partir de las cuatro empiezan a servir la cena, exquisita, conde hay salmón y otros ahumados, una carne jugosa con verduras, y pasteles, todo regado con litros de Moët & Chandon. Y acto seguido recibes el primer obsequio, una caja gigante de chocolates Godiva y otras pequeñas con mignardises diversas. A la hora de empezar debe estar todo retirado de las mesas, a excepción de las de algunas estrellas a quienes se consiente todo porque se supone que el retraso es a causa de los imperativos de la insistente prensa.

cartel golden globe 2018

Y empieza el espectáculo. La mejor plaza para no perderse ripio es estar sentado en el espacio de prensa, pegado al de los actores y que tiene detrás un pasillo, con dos destinos imprescindibles: por un lado el baño, por el opuesto. dos accesos, uno que se abre a una galería abierta donde se puede fumar, y el otro hacia un buffet equiparable al mejor negocio de gastronomía que se precie, con toda clase de delicias, dulces y saladas que imaginarse puedan. Y varias barras donde sirven los mejores y más exquisitos combinados y más Moët. En los tres minutos de publicidad las carreras hacia estos lugares, baños de preferencia, son divertidas pues no sólo se comprueba la frecuencia mingitoria de algunas celebridades, sino sus nerviosos movimientos mientras hacen cola para evitar un escape improcedente.

Cuando termina la gala hay seis  fiestas, la de la Fox, Amazon, HBO, Netflix, la de Warner Brothers y la de Universal. a cual mejor.  con las más fabulosas decoraciones (no olvidemos que estamos en el mundo del cine y eso quiere decir fantasía), música en directo o dj de cierto renombre. Y por supuesto, comida y bebida. El acceso se logra por invitación directa de los organizadores, productoras de cine, majors y canales televisivos en auge. En estas fiesta puedes encontrar a la estrella que no habías visto en la sala de premios, porque son invitaciones separadas. Y, por regla general, los que van a los premios no las frecuentan, excepto si están de promoción, pues entonces tienen una suite, se cambian de ropa, cogen un ascensor y posan en el photocall publicitario.

Cuando los pies ya no pueden más, has agotado las dos baterías del móvil y estás tan saturado que hasta te da igual que Nicole Kidman te pida la hora, te queda el reto final: hacer cola en unos stands donde te canjean la entrada por un bolso de viaje con ruedas para los caballeros, o uno muy chic para las señoras, ambos cargados con un variopinto lote de productos de todo tipo, desde artículos de belleza a vasos térmicos, termómetros de viaje, cortaúñas, básculas digitales de maletas, auriculares alta fidelidad, por un total de 400 dólares. Con todo esto, y los bombones y dulces que llevas arrastrando desde las ocho, localizas la puerta donde te ha dejado el chófer y a dormir con esa colección de fantasías animadas de ayer y hoy que más que hacernos soñar nos han desvelado para toda la noche. O por varias.

 

 

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