La otra noche en la sala Pepe Rubianes del Capitol barcelonés sucedió algo insólito. María José Balañá y Héctor Rojas, de la empresa propietaria que gestiona el grupo Balañá, aparecieron sobre el escenario. Algo inédito porque lo hicieron además con un enorme pastel de chocolate que llevaba el número mil silueteado sobre la sabrosa capa de cobertura. El regalo era para Toni Moog, el monologuista, que celebraba esa noche las mil y una noches de su estancia no consecutiva en la sala, arrastrando un total de trescientos mil espectadores. Tal como está la situación en esta Barcelona que bosteza y ya ni siquiera recuerda lo que fue ayer, es una hazaña bélica. A través de sus espectáculos, algunos recurrentes como el de Navidad donde deconstruye la celebración, Moog aparece sobre el escenario con su show, una mesa, un micrófono y un vaso con un líquido  color whisky, que él asegura es Frenadol para la gripe pero que un descuido fortuito desveló la verdad. Algo que no vamos a revelar porque no queremos traicionar al amigo recién descubierto al que hará ilusión tener como cómplices del secreto a los asistentes a la gala, un alto de sus actuales funciones de “Hollymoog” que representa en la sala.

Santi Millán acompañó a Tony Moog en la celebración de su noche nª mil en la sala Capitol

Moog es un tío especial por lo normal que resulta a pie de calle y a pie de escenario. Parece que le conozcas de toda la vida y ya, desde que lanza el primer improperio, sabes que nada de lo que suelte por su procelosa boca va a molestarte, sino simplemente divertirte y, con mucha probabilidad, te hará recapacitar porque es lo que llevas pensado desde hace tiempo pero nunca te has parado a reflexionar, o soltarlo en voz alta.

¿Cual es la virtud de Moog? Tomarse la vida con filosofía, deduzco, si lo que cuenta es parte de su quehacer diario, sus problemas y sus cuitas. Esa parece ser la virtud del monologuista, acercarnos a una realidad, pretendidamente la cada uno de ellos, como si fuera el vecino pelma que encuentras cada día en el ascensor al llegar a casa y te suelta, en plan skecht, las incidencias del día. Tony Moog es ese vecino (amable), con el que identificas de pleno, en especial porque derrocha algo de lo que suele carecer la gente, humanidad. Por no hablar de sensibilidad, juguete en desuso que parece rebajar feromonas y dulcifica reacciones. Nada de eso: no hay nada más noble que un hombre que muestra su lado más poético (escribir femenino daría lugar a dañinas interpretaciones), y cuenta sus querencias y carencias con la misma facilidad que se bebe un Frenadol, que como todos sabrán y habrán probado, son unos polvitos para aligerar los resfriados.

Tony Moog afila el cuchillo y se dispone a partir el pastel, donde ya ha caído un cero

Tony Moog desmenuza situaciones cotidianas y las sirve tal cual, bueno, les añade un par de tacos de esos que usamos a diario, y las suelta al aire, como si le contara a un espejo las valoraciones de sus acciones del día. Y lo hace sin trampa, no se va a engañar a si mismo, ni hace apreciaciones engañosas, reconoce aciertos y errores, las cosas que ha aprendido y las que lamenta haberlo hecho. Moog emociona cuando, entre estos pedazos de vida, se le llena la boca contado la habilidad de su hija Nora (que debe tener seis años) con un plato de espagueti, algo que ha aprendido de él y que no les voy a contar peque tienen que ir a que se lo cuente él, que es el autor de la pirueta (que lo es). El público disfruta con este hombre tan alto, tan grande, tan avasallador y tan fuerte que se convierte en una persona normal, con sus fobias, sus filias, sus veleidades y sus emociones. Por todo eso y por muchas cosas más, Tony Moog ha hecho ya esas mil noches en una sala que ha llenado con trescientos mil espectadores. No me repito, insisto en las cifras que adornaron el pastel. Limpio, en un show donde desvela intimidades salpicadas de onomatopeyas la mayor parte de las veces. Y, sobre todo, de una realidad que nunca duele a pesar de su manifiesta crueldad que no disfraza sino que reviste de ese barniz amable que le facilita el ser un hombre de bien, una buena pesona. Y eso se agradece y se aplaude.

La noche de la fiesta además del pastel hubo otros dulces de lujo, desde Santi Millán (que le enseñó a ser disciplinado y perder el miedo a enfrentarse al respetable), hasta amigos como Alberto Demomento, un colega que efectúa un cameo como presentación de su futuro show en la sala. Con ellos, todo un descubrimiento (al menos para mí): Miky McPhatom, especialista en todo tipo de ruidos y sonidos (no es lo mismo colegas), que sorprende y maravilla; y el mago Gerard Borrell, cuyo espectáculo en el Eixample Teatre de Barcelona es otra de las sensaciones de las que me ocuparé en breve.

Y una serie de amigos que le mandaron videomensajes, tantos. que fue obligado hacer una selección. Como traca final, la aparición del grupo Hotel Cochambre que cerraron la fiesta (homenaje es para los mayores) a ritmo de tiempos de ayer, aquellos en los que Tony trabajaba de todo en el Mogg (de ahí su nombre) y ese todo incluía intervenir (molestar?) las canciones del grupo, que con su presencia le devolvieron la jugada y lo remitieron al ayer. Creo que hay Moog para mucho rato, ustedes tienen la palabra. Bueno, no, tienen la decisión, que la palabra la pone él.

 

 

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