“El laberinto mágico” o el dolor como bálsamo

El Teatro Romea de Barcelona presentó  “El laberinto mágico”, una recopilación de seis textos del dramaturgo Max Aub, nacido en París de padre alemán y madre francesa que se instaló en España en 1914 y se exilió a México en 1936 al inicio de la guerra civil. En ese país, dónde falleció, escribió, entre muchas otras obras,  “Campo cerrado” (1943); “Campo de sangre” (1945); “Campo abierto” (1951); “Campo del moro” (1963); “Campo francés” (1965); y “Campo de los almendros”, textos con los que José Ramón Fernández editó este montaje que ha producido el Centro Dramático Nacional. Simpatizante republicano y afiliado al PSOE, Max Aub reflejó en estas obras una visión casi poética de la contienda bélica hispana, retratada desde el lado del perdedor y vista desde un punto interior, como si las heridas mataran almas y no cuerpos y los sentimientos flotaran más allá de la vida y la muerte.

Seguir por este laberinto reconduce al espectador hacia un conocimiento  de la historia donde no hay espacio para la crueldad, a pesar del tema, el país y sus habitantes. El inteligente juego que provoca Ernesto Caballero, director del montaje, huye de ser lacerante, si bien la sensible recreación de las situaciones pudiera llevar a producir, por contraste, un efecto aún más doloroso, que no dañino. Para un tema tan duro -hirientes situaciones fraternales, enfrentamientos casi domésticos de parejas, diálogos de trincheras, asuntos diplomáticos donde interviene el espionaje y la femme fatale-,  Caballero utiliza la fantasía de una escenografía tan esquemática como brillante de Mónica Borromello, cuando no la magia. Coloca a los personajes en un doble espejo (el teatro dentro del teatro), multiplican sus presencias y son ellos mismos quienes, en una narrativa ágil, precisa, descriptiva y, por qué no, sentimental, cuentan su fatal desenlace en el mismo momento en que, en su presentación, esquematizan su vida frente al espectador. Los efectos de la guerra sobre sus almas, más que sus cuerpos, sobrevuelan un espacio de medios tonos, (otro bravo trabajo de iluminación de Ion Aníbal), donde la sutileza resuelve diálogos al ritmo de un paseo en bicicleta, el sordo diálogo desde los dos lados de una misma cama, o el enfrentamiento entre los dos bandos que se visualiza tirando desde una misma cuerda, cada uno hacia su costado.

“El laberinto mágico” es uno de los montajes más inteligentes de estos últimos tiempos. Un espectáculo en principio tan profundamente esquemático como su propia plástica, en la que con un escenario tan desnudo de elementos como de perjuicios dibuja tiempos de guerra, situaciones y aún estados anímicos de un modo tan sutil que evita el maniqueismo de su propia sencillez. El campo de batalla son unos sacos colocados a ambos lados del escenario, mientras que escasos elementos marcan situaciones astutamente distribuidas bailando al son de una melodía en las mismas coordenadas, deslizantes, firmada por Javier Coble y Pau Martínez.

Tal es la sensación de alivio que cuando en ese melancólico, que no trágico aún a pesar de su trascendente, final, los barcos no aparecen para que los vencidos puedan escapar, nos invade una sensación de alivio, como si todo el dolor desparramado por la escena, nos haya producido un efecto balsámico sobre las heridas de los textos. Hay que ver “El laberinto mágico”, luego analicen y se sentarán mucho mejores. A pesar de todo.

Finalmente sería injusto no señalar a los actores, uno de los más notables núcleos visto sobre una escena en tiempos. Atendiendo al orden alfabético señalemos la presencia de Javier Carramiñana, Paco Celdrán, Bruno Ciordia, Karina Garantivá, Ione Irazabal, Jorge Kent, Jorge Machín, Paco Ochoa, Paloma de Pablo, Marisol Rolandi, Macarena Sanz, Juan Carlos Talavera, Alfonso Torregrosa, María José del Valle y Pepa Zaragoza. Todos multiplican personajes para componer un friso cruel con la fragilidad del cristal.

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Josep Sandoval

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