Sin margen de error, la juventud es el mejor momento de la vida. Te descubre de qué va el asunto justo en ese momento en que tus fuerzas, físicas y mentales, están en su punto más álgido y te crees olímpico, «citius, altius, frotius», o sea el más más rápido, más alto, más fuerte, como dijo el barón Pierre de Coubertin en 1896 en la apertura de los primeros Juegos Olímpicos, en Atenas (aunque la frase es del dominico Henri Didon que la colocó en el frontispicio de su colegio, San Alberto Magno en Arcueil, Francia). No vamos a filosofar ni entrar en una facilona comparativa entre  la vida y unos Juegos, sólo señalar que ambos comparten su pasión por vencer a cambio de la gloria, el bienestar, poder (económico ?) en cualquier caso.

La juventud nos faculta para luchar, defender, pontificar, el motivo que justifique nuestro breve paso por la tierra. Y hay quien lo aprovecha para denunciar situaciones que comprendemos criminales cuando se escriben con la pasión de unos jóvenes años que llevan parejo un elemento admirable, pero terrible, la ingenuidad. Cuando fuimos jóvenes, yo también, las peleas contemporáneas insistían en las libertades, las democracias, las responsabilidades, todo en plural mayestático como nuestro propio furor. La lucha por los derechos civiles de los afroamericanos en el 63 en Washington; el mayo del 68 en París; las protestas por la guerra del Vietnam, en 1972; o la revolución de los claveles de Lisboa en 1974, marcaron hitos de rebeldía saldados con distintos resultados. Hoy todo son recuerdos en un mundo que se autodrestuye en pos de un estado de bienestar imposible.

De la revuelta americana nos queda el recuerdo del líder asesinado, Martin Luther King; del mayo del 68 la figura del entonces anarquista y hoy ecologista Daniel Cohn-Bendit, que reprochó al ministro François Missoffe que en su Libro Blanco no tratara el problema sexual entre los jóvenes; del conflicto en Vietnam la conversión tardía de la rebelde activista Jane Fonda en arrepentida profesora de aerobic para mayores y ya, octogenaria, modelo de crema de belleza: y del conflicto portugués la canción «Grândola, Vila Morena», de José Afonso, que marcó el inicio del movimiento revolucionario que derrotó a Salazar y su imperio colonial, el filme «Capitanes de abril», dirigido por María de Medeiros (actriz de renombre internacional y que vivía, no se si aún lo hace, en el barcelonés barrio de Sarrià), y la camarera Celeste Caeiro que, a cambio de no tener el cigarrillo que le pidió un soldado, le colocó un clavel en el cañón de su fusil.

Es la lectura más fácil, incluso les admito que la tachen de frívola, excepto en el caso de Luther King, pero la vida no me ha demostrado que todas esas luchas, provocadas por una envidiable juventud, hayan asido base para una cordura posterior, sino todo lo contrario. A medida que se abrían mentes se cerraban fronteras y los poderes, siempre económicos, han salpicado países donde no ya vivir, sino sobrevivir es una función imposible. Escapar para ello es poner la vida en fuga, máxime cuando  entrar o salir es el más alto ejercicio de riesgo.

Uno de los problemas que denuncia hoy parte de la juventud, es el de la inmigración de Marruecos a España, la frontera sur, incrementado notablemente a partir de los 90. Y ese es el tema que l’Antic Teatre, en coproducción con CAET (Centre d’Arts Escèniques de Terrassa) y el Centro Internacional de Investigación Teatral TNT, presenta en el ciclo l’OffVillarroel. El espectáculo se titula «Mos Maiorum» (la costumbre de nuestros antepasados), y se ofrece en funciones, a partir de diez euros, de lunes a las 20,30, sábados a las 22.45 y domingos a las 20.45, que es lo que tiene ser joven y alternativo: acomodarse a los horarios senior y compartir espacio.

Mariona Naudín, Alba Valldaura e Ireneu Tranis, responsables de «Mos Maiorum»

La verdad es que de no ser por la invasiva publicidad de neveras en todas partes y superficies de la Villarroel (una colorista marca, Smeg, de la que tengo una y funciona sin problemas desde hace cuatro años), nadie nos colocaba en este tiempo de hoy, nos habíamos trasladado al pasado, cuando la sala era cénit y frisol de rebeldías sin freno a veces sin causa. Lo comentábamos en el colega Santi Fondevila, cruzar el vestíbulo fuer, el lunes, regresar a la Sala Villarroel de los tiempos heroicos de Tábano y demás grupos alternativos como La Cuadra o Esperpento, las dos de Sevilla, La Gàbia de Vic, Teatro Fronterizo, Claca, Ditirambo, Teatro Libre de Madrid. Y, en el terreno personal, un montaje propio del teatro sobre «Un home és un home», de Bertold Brecht, dirigido por Ángel Alonso donde la viuda Leocadia Begbick era Lolés León en su debut en teatro de texto (el hijo de la actriz se llama Bertoldo). Yo hice escenografía y vestuario con una salvedad: Loles, rebelde, encontró su traje demasiado recatado y lo agujereó a la altura del pecho, interpretando la función con una teta al aire, la izquierda, que ella era roja hasta para eso!!

Anécdotas aparte, la Villarroel fue sede de inquietudes sociopolíticas. Y lo sigue siendo en estos tiempos, recuperando la corriente alternativa, que ahora se denomina Off. Toda una alegría entrar en la sala y ver que el espectador se sitúa en el escenario, no hay butacas, se participa, se vive, se circula entre los personajes, muchos, que interpretan los tres actores, impecables, Ireneu Tranis, Alba Valldaura y Mariona Naudín. Incluso son obstáculo para ese movimiento de luces que sitúan las acciones, escenarios diversos que colocan emociones entre dramaturgias extraídas de situaciones testimoniales. Según las estadísticas desde el año 2000 más de 30.000 personas han muerto en el Mediterráneo, una cifra que crece por el incremento de obstáculos entre las necesidades de escapar y las afiladas fronteras. Todo ello que hacen que esta fuga oscile entre el refugio o inmigración, cuando simplemente es la esperanza de encontrar un paisaje distinto donde recolocar sus vidas.

El testimonio actúa como ejercicio informativo, reportaje testimonial y recreación de acciones vividas extraídas a varios protagonistas de esta huida hacia la nada, grabadas en entrevistas realizadas por los tres miembros de la compañía en Barcelona, Málaga, Ceuta, Melilla, Tánger y norte de Marruecos. Es la propuesta de un viaje emocional por sentimientos y necesidades, obsesiones y obstáculos, peligros en busca de una supervivencia que tiene a veces trágicos finales. Un teatro documental interpretado en castellano, francés e inglés apoyado por proyecciones en blanco y negro donde flota el aroma de denuncia más allá del desespero. No hay crueldad a pesar de la dureza, ni conformidad más allá de la batalla. Es un trabajo con el ímpetu de la juventud, la impronta de una labor confeccionada desde el propio trabajo de campo de los excelentes actores, y que se ha visto recompensado con varios galardones, entre ellos el primer premio de la Caravana de Tràilers’15» del Festival TNT, y el premio Adrià Gual 2017 del Institut del Teatre. Vale la pena que se hagan cómplices de la experiencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Written by

Josep Sandoval

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