De modo irremediable todo tiene que morir, cosas de la vida. No se lo tomen al pie de la letra, que hay muchos tipos de muerte y en este caso me refiero a la que afecta a la vida laboral, lo que se llama jubilación, que no tiene edad porque todos le colocan una: la adelantan quienes quieren dejar de trabajar por cualquier causa; la retrasan aquellos enamorados de su profesión. Y luego está la que marca la ley, esa señora díscola que aunque pretenda ser igual para todos la fastidia con su sistema de aplicación porque al ir con los ojos vendados no sabe hacia donde mira. Y la suele cagar.

Todo este tinglado está regido por nuestro deterioro, así que por más que nos empeñemos en seguir, si nos falla alguna parte de ese (cada vez menos) misterioso engranaje llamado cuerpo, la voluntad se convierte en despropósito. Pero no suele ser el caso porque la mayoría que se jubila prematuramente pertenece al grupo de quienes desean disfrutar los restos en pleno uso de sus constantes vitales en perfecto orden dentro de un ídem. Y quienes desean seguir, también.

Emilia Giménez, alias Lita Claver a quien conocemos como La Maña, a sus espléndidos xxx años (no crean lo que les digan, siempre son más), ha decidido baja el telón y quedarse en casa, cosa que yo pongo en duda. Para esta despedida, que ella se aferra a que es definitiva pero yo no, ha organizado un espectáculo tan breve como milimetrado. Lo presentó en su Zaragoza natal y lo cierra en Barcelona, en el teatro Apolo, del Paralel.l que fuera vía lúdica por excelencia y hoy es autopista sin peaje (aparente) donde pasan tan rápido los coches que no hay tiempo de ver siquiera las cada vez más escasas fachadas teatrales. Y tan olvidado por todos que ni siquiera figura en la ruta del bus turístico.

Pues allí está el Apolo, el de las chicas alegres que trajo el empresario Colsada para quitarles el mal humor, y hoy en manos de un grupo inmobiliario que lo ha alquilado a unos inversores cuya idea sobre el negocio escénico desconozco, pero que no es lo suyo, vamos. Esa nueva etapa del Apolo está dirigida por Ricard Reguant, experimentado hombre teatrero, empezó con la enésima versión de “Diez negritos”, un clásico que siempre funciona. y ahora acoge a  La Maña para su adiós.

Contra todo lo que podamos decirles, escribirles, sugerirles, contarles, les diremos que están llenando todos los días, algo insólito en esta Barcelona atontada de hoy donde hay entradas para todos los sitios. Y si no lo creen abran el ordenador para adquirír localidades para cualquier función, día y hora: las encontrarán con suma facilidad. Bien, el Apolo lleno en miércoles y ocupa el palco escénico (expresión que me encanta porque no tiene jubilación, es un clásico), la compañía formada por La Maña, Fernando Esteso, el Dúo acrobático Pack y el ballet Glamour Dance en una producción de Era y Luís Pardos, la célebre compañía a quienes la futura pensionista les ha cedido su espléndido, completo, maravilloso y colorista vestuario, un fortunón.

Abre el show una solemne Maña sentada en la penumbra, con una bata negra transparente, aunque repleta de pedrerías selectas, la misma prenda con la que cerrará el espectáculo. Demasiado rigor y excesivo e innecesario riesgo para un show de humor, aunque flote una despedida de por medio. Afortunadamente la cosa es breve y la fiesta empieza con una pauta que nosotros hubiéramos prolongado más. La Maña, jugando con el tema “Mi (última) gran noche” da paso a un Fernando Esteso en plena (y gloriosa) imitación de Raphael: ese era el juego.

Pero la ilusión es momentánea y tras el ballet, impecable (que tiene en sus filas a dos molineros, Geni Sánchez y Juli Bellot) en sus originales coreografías de Marta Tomasa, aparece el Dúo Pack, -habilidosos, elegantes, arriesgados acróbatas primero en el columpio y más tarde en la barra fija-, se sucede y alternan Lita y Esteso en pleno derroche de sus facultades técnicas y artísticas. La Maña recrea algunos de los clichés que la han hecho popular (muchos con textos propios), y Esteso (en plenas facultades de uso y disfrute) repasa también  su vida,  jugando, con mucho acierto, a las imitaciones. Diálogo pleno con el público, siempre atento a sus mínimas indicaciones, bajadas a la platea, complicidad: qué gran pareja se han perdido los partidos políticos a la hora de ese juego engañoso de las promesas y votaciones (o quizá les propusieron colaboración y la evitaron en un rasgo de honradez).

Y así va pasando el espectáculo, sin prisas ni pausas, degustando esa última función de Lita que ella se encarga de recordar vistiendo de nuevo, como hemos señalado, esa bata negra de oscuro adiós cuando debe ser un himno a la alegría por todo lo que nos ha dado. Sólo justificamos el momento, facción ternura, cuando Lita rememora a su marido fallecido hace unas fechas.

Vuelva a brillar todo y cuando uno espera inmortalizar a la estrella, verla bajar por el foso, con el más deslumbrante y espectacular de sus trajes (que los tiene), salta, cual chica yeyé con minivestido plata, acharoladas botas blancas sobre la rodilla y maxi chaleco de boas.Yo lo interpreté como que este adiós es un “ahora vuelvo” porque aunque ha rechazado prorrogar, ni ha aceptado bolos en ninguna parte, esta última imagen de La Maña era tan fresca y jovial como el más genuino de los guiños, una promesa al viento y un beso al aire del tiempo.

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