La magia potagia de Juan Tamariz

Por una breve temporada, que termina el 16 de este mismo mes, se presentó ayer, en el teatro Tívoli de Barcelona, Juan Tamariz y su espectáculo de magia potagia, acompañado por su esposa, la también maga Consuelo Lorgia; su hija Alicia, que ameniza el preámbulo al piano; y el mentalista Alan. Una compañía pequeña donde impera el talento. El primero el del propio Tamariz cuya vitalidad y entrega logra meterse al público en el bolsillo desde su aparición en un espacio desnudo, con apenas un par de mesas, unas sillas y la funda de un violín que guarda un insospechado instrumento de cuerda. Suenan los temas de “Siete novias para siete hermanos” en la voz de Jane Powell, su sintonía habitual, y aparece el hombre con sus guantes rojos y su chistera morada, su cliché con el que encandila y enamora al respetable. La audiencia, a tope, rebosa un teatro donde, sin la fanfarria de un gran estreno, no cabe un alfiler con público de todas las edades, con muchos jóvenes y niños por todas partes. Le reciben con cariño, le saben cercano y están seguros que sus trucos les van a volver a fascinar. No hay grandes aparatos, pero sí grandes ilusiones en sus pequeños grandes trucos de magia cercana, a pesar de la distancia entre el espectador y el artista.

Una de las cosas que más sorprende del espectáculo es que nadie va a adivinar el ruco, todos van a dejarse seducir por este hombre que tiene en sus monólogos una de las claves de su éxito. Imprime vigor y surrealismo, proximidad, empatía, lo hace todo tan asequible que podría hacer (y hace) con cualquiera de nosotros lo que quisiera. Auutor de varios tratados de la especialidad, que han sido traducidos a varios idiomas, y con uno de los cuales en los archivos de la CIA (y no es broma), Tamariz juega al despiste de la habilidad del modo más descarado. te desvela ilusiones que sabes que están ahí, pero que van a desaparecer, y ni siquiera te cuestionas ni el cómo ni el porqué: todo pasa delante tuyo como la vida misma, que es simplemente eso, una fantasía incontrolable que pasa por delante nuestro sin saber tampoco cómo ni porqué, pero ahí está.

Atrapados en las cataratas de palabras, textos divertidos, ingenuos, amables, simpáticos, Tamariz va desgranando sus historias de cartas con vida propia, algunas que se destruyen para volver a aparecer intactas. otras que se deslizan por la baraja bajo de la presión de…la sombra de su dedo. O esos otros pensamientos que se recomponen sobre un papel a partir de las cenizas que ocultaban una identidad. Todo fluye en un espectáculo que te deja con la sensación de querer más y más.

Juan Tamariz en un momento de su espectáculo

Hay una primera mitad total made in Tamariz que cuenta con amplia participación del público (nunca vi tanto voluntario), y otra más breve donde brilla la transmisión del pensamiento de Consuelo Lorgia que adivina cartas a partir del susurro que hace para sí un espectador a partir del título escrito en una de ellas: mentalismo puro y duro. Y una participación del mago Alan que, atado y bien atado de manos y brazos, se quita y pone una chaqueta en un abrir y cerrar de ojos.

Un espectáculo perfecto, que se queda corto, ágil porque la genialidad del mago te transporta a una galaxia sin tiempo que controlar, donde gente de toda edad se sorprende con unas habilidades que desmontan la realidad a partir de mostrar ante tus ojos que la nada es la verdad, sólo una interpretación de lo que tus ojos y tu cerebro estén dispuestos a ver. Y la cosa funciona sobre todo cuando la maldad de descubrir el truco es una pieza ausente de nuestros pensamientos. De ahí quizá tanta presencia infantil y tanta audiencia mayor con espíritu de niños, que vamos a dejarnos engañar sin importarnos el cuando, el porqué ni el cómo. Y ahí está el truco.

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Josep Sandoval

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