Irina Shayk y Gigi Hadid opacan Ibiza

Cada una por su lado. La modelo americana de rentables mofletes y la explosiva de caldeadas y bien torneadas caderas han aterrizado en Ibiza por motivos distintos. Gigi Hadid, que es la primera referencia, ha venido a anunciar gafas. No ha tenido suerte con el tiempo y ha posado bajo la lluvia y las nubes en diversas playas y en una impresionante mansión en Sant Josep, cerca por cierto de donde estaba la segunda referencia de este artículo, Irina Shayk. Gigi dicen que ha cobrado 300.000 dólares, que es su precio por sesión, y ha venido en vuelo privado con un equipo de 35 personas, que son las que la dejan perfecta, lista para seducir. Cosa curiosa, se alojó en el hotel Montesol al final del paseo de Vara de Rey, antes una reliquia y hoy una ola de superlujo no al alcance de cualquiera. Un establecimiento que hoy acoge a esta ídolo insulsa como antes se rendía a los encantos de mujeres de verdad, como Brigitte Bardot o la habitual Ursula Andress que de la mano de la princesa Smilja Mihailovich desayunaba en su terraza día si y otro también. Ya ven,  se ha pasado de la fragancia de mujer, la esencia, al desodorante de marca. La vida adelanta que es una barbaridad.

Lo de Irina Shayk es una duda. No sabemos dónde está, pero vino para la  fiesta. Suponemos que habrá pernoctado en la casa que los anfitriones, los fotógrafos Mert and Marcus tienen en Sant Josep, y habrá dormido en la fabulosa habitación de invitados que por lo regular usa  (o usaba) Kate Moss cuando no iba a pegar la gorra a la casa de Sant Joan de Jade Jagger hija del stone. Irina vino de oro (plastificado), directa de París, tras pasar unos días en la costa amalfitana, que estas chicas pillan un vuelo como yo una gastroenteritis. Estaba en la capital del Sena con su pareja, el actor Bradley Cooper y la hija de ambos, Lea de ídem (Seine), pasando un día (o dos todo lo más) recién llegados de Positano donde habían disfrutado de un periplo la mar de refrescante. Tras los baños de sol se fueron a los del asalto francés, donde se quedaron Brad y Lea, mientras mamá, acompañada por el diseñador Ricardo Tisci, volaba a Ibiza para la fiesta en cuestión, que tenía título, como las películas. Esta se llamaba Metallica.

Ricardo Tisci e Irina Shayk (Instagram)

Tenían que ir de eso, de brillos (Vicente, de Ganesh agotó las reservas oro en telas y aditamentos varios), algo tan pegado a la mitología y a Versace que éste debe revolverse en su tumba porque a él no se le ocurrió hacer nunca ninguna de ambiente similar, a pesar de que sus prendas y accesorios, interiores y exteriores rezumaban imperio romano por todas partes. Y medusas griegas y Hércules turcos (o de Miami). Cualquier procedencia con músculo era bien apreciada en sus fastos: ahora vale un disfraz, un bronceado aceptable y algo que no ha faltado nunca: ganas de sobrevivir a cualquier precio en este mundo tan falso como el prodigado por los envoltorios vacuos de bellezas sin sustancia, esas que aparecen por Ibiza y otros enclaves, cada vez más caros paraísos artificiales que en todos casos enriquecen a alguien. En Ibiza, ahora y cada vez más, al imperio Matutes, puesto de moda este verano (calidad y otra aparte, no sea que me impidan la entrada en la isla) porque su hija Carmen anda en brazos de Álvaro Muñoz Escasi (de eso, escaso, nada de nada, dicen ellas), prototipo español imperecedero que empezó montando caballos y se le quedó el regusto por la doma.

Bien, Irina se puso un vestidito en oro falso y Tisci una coraza para protegerse de la bella Irina, que teniendo en casa a Bradley Cooper (dice Isabel Coixet que cenó con él en Nueva York, que es un cañón en todos los sentidos), le debe importar un bledo el diseñador con quien posa con fruición para el Vogue do Brasil. Y es que nunca una zapatilla deportiva y una bermuda han hecho tanto daño a una prenda como el peto coraza que lleva Tisci. Por lo menos tanto como el tanga donde colocaba sus pertenencias personales Santiago Segura en uno de sus “Torrente”. Y que Dios me perdone por la comparación.

 

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Josep Sandoval

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