Imparables!, afinados y sin rencor

Dice el tango que veinte años no son nada, pero cien, tampoco. Aunque a la hora de la verdad un siglo es un siglo y resumirlo en una hora y media escasa es un riesgo, máxime cuando se hace a través de la música. Una aventura, una hazaña y un peligro, porque nadie va a quedar contento de lo que se cuente, ni de cómo se haga. Así que vista la extrema dificultad que significa visualizar cien años de vida catalana en dieciséis canciones y contemplados los resultados, no nos queda más que aplaudir la gesta. Que lo es haber convertido en musical una trayectoria sociopolítica con un guión pulcro, una puesta a punto desprovista de efectos y a través de la mirada de un cuarteto encomiable y un hombre de quien admiramos en este mismo escenario de El Molino hace pocas fechas, otra delicia de pequeño formato, “Du-Duà”, de los Doowop Club.

Eloi Fort, Magali Sare, Ariadna Olivé y Oriol Quintana son el Quartet Mèlt

Con esas mismas pautas, una pureza de líneas y una historia que gusta, enternece, emociona a la par que informa, “Imparables!”, subtitulada “Les darrers 100 anys d’història de Catalunya en 16 cançons” se planta en el diminuto escenario donde, a pesar de sus dimensiones, cabe toda su grandeza. Porque esa es la intención del montaje, llegar a lo más alto utilizando mimbres de sólida base, como son la calidez de unas voces, unos textos sin rencor, elementos puntuales y básicos para que el tiempo vuele por esos cien años de historia que a uno le gustaría que se prolongaran más. Para saber, conocer más a fondo los secretos de un pasado que aquí se intuye, se apunta someramente, porque no hay demasiado tiempo.

Ese siglo empieza con los Coros de Clavé y su “Puntaire”, para saltar al music hall (“El vestit d’en Pasqual”), siguen “Les caramelles” para empalmar con un bloque “político” (“Himno de Riego”, “A las barricadas”, “El paso del Ebro”), y seguir con uno de los más bellos poemas de Joan Oliver (Pere Quart), “Corrandes del exili”, musicadas por Lluís Llach. El imperio radifónico impone sus modas y el consultorio de Elena Francis populariza una melodía, “Indian Summer” (que no supe reconocer), mientas arrasa “Por una cabeza”, el tango de Gardel más escuchado hasta en filmes de posteriores hornadas (de “Perfume de mujer” a “La lista de Schindler” pasando por “Mentiras arriesgadas” o “Todos los hombres del rey”). La radio arrastra también el swing de Glenn Miller y el tormento y el éxtasis de Lola Flores (“In the mood” y “Pena, penita, pena”), la revolución pacífica (“Diguem no”) y la divertida de The Beatles mientras queríamos sumergirnos en el “Swinging London” con su “Twist and shout”. “El cant del ocells” nos hace revivir el emocionante discurso de Pau Casals en las Naciones Unidas, mientras que Jaume Sisa traza la sombra de muchas dudas en “L’home dibuixat” y La Trinca parodia a Tejero con una “Dansa del sabre” que divirtiéndonos a todos, nos pudo hacer mucho daño. Mágico Serrat y su “Temps era temps” pinta el recuerdo con la magia de su verbo inmaculado. Los Juegos Olímpicos enseñan al mundo una ciudad de esperanza, y fuente asimismo de problemas, pues el desarrollo inmediato y el despegue hacia el futuro arrastró también ambiciones, truncó esperanzas y nos dejó el diseño como herencia. Para prevenir males de ojo cantamos y bailamos “Gitana hechicera” de Los Manolos en el Estadio, en las calles y en las casas, aún sin adivinar que la herencia de todas aquellas voluntades desembocarían en los mismos errores que en todas partes. Como la esperanza es lo último que se pierde, saludemos con un feliz “Bon día”, de Els Pets y cerramos el siglo con un deseo, “Que tinguem sort”, cuyas estrofas nos incitan a la esperanza: “Que tengamos suerte, que encontremos todo lo que nos faltó ayer. Y así toma todo el fruto que te pueda dar un camino que, despacio, escribes para mañana. Porque mañana faltará el fruto de cada paso, por lo que, a pesar de la niebla, es preciso andar”. Bella metáfora de Llach para esta Barcelona que, recordando otra cosa, es una ciudad a medio camino entre la que muere y la que bosteza. Lo escribió Machado en uno de sus «Proverbios y cantares», y aunque estaba dedicado al españolito (de ahí su título), apliquémonos el cuento, aquí y ahora.

El Quartet Mèlt y Òscar Orbezo (centro) en El Molino, junto a una foto de Christa Leem

Y esa es la historia de “Imparables!”. Todo un recital de estilo y armonías servido por el Quartet Mèlt, cuatro voces mágicas, Ariadna Olivé, Magalí Sare, Oriol Quintana y Eloi Fort, que suenan a maravilla, a cristal pulido, a vida pura, pues están en pleno proceso de iniciación a la vida. Simple y llanamente, a capela, sin otro refuerzo que sus gargantas prodigiosas pintan la geografía de un paisaje con descripciones armónicas que suenan a delicia. Ellos cantan y cuentan una historia escrita, dirigida y también representada por Òscar Orbezo, que ha resumido la vida de este siglo con pulcritud admirable, sin cargar tintas, sin prisas ni pausas. Con los acotados justos para que no suene a revuelta ni a venganza (ni a propaganda), sino a explicación, aunque hay cosas que no las tenga. Y unos elementos escenográficos ajustados y concretos, de elegancia visual, dispuestos por Jordi Bulbena.

El Quartet Mèlt en El Molino donde presentan «Imparable!»

“Imparables!” va dirigida a todos, porque es didáctica, amena, frágil pero no ligera, narrativa y deliciosa. Tienen lleno en todas las funciones, o sea que no creo que este texto les ayude nada más que a rendir mi admiración por un trabajo exquisito. Dado que las funciones tienen días y horas inhabituales, anoten: es en El Molino, donde miércoles, jueves y viernes hay una única función a las 20.30 h.; los sábados a las 18 h. y a las 21 h.; y los domingos únicamente a las 18 h. Vayan, no se arrepentirán

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Josep Sandoval

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