Hay cosas que permanecen en el tiempo con el extraño don de la impermeabilidad al entorno. Conozco dos, curiosamente del mundo lúdico. Y están en la misma calle de Barcelona, la de La Granada. Una es el Flash Flash, la otra es Il Giardinetto notte. Y en las dos dan de comer y beber, placeres elementales para la supervivencia sin que se altere el orden establecido. Son dos espacios surgidos de la cultura rebelde de una Barcelona combativa que nunca supe si se tomaba un descanso y aparcaba las armas (copas, cuchillo, tenedor), o si con ese arsenal se plantaban frente al mundo, usando como blasón la mítica B de Bocaccio, no el poeta, sino el octópodo anagrama del cuartel general de cualquier intelectual que se preciara. En una mano las armas, en la otra la cultura. Y sobrevolando el espacio, música pop, hermosas mujeres, aires de izquierda divina y ropa estilosa, de marca preferentemente. Así se ganaban ciertas batallas y se diseñaba una ciudad para no perder compás.

Aldo Mariotti, a los fogones, y Diana Figueras a los postres, cocinaron en Il Giardinetto notte

Actitudes paralelas comparativas de la época han sucumbido a los años, incluido el propio Bocaccio -hoy un inmueble hostelero en manos de capital árabe como tantas otras cosas-, mientras que pensamientos y respuestas se perdieron en el aire que cantó Dylan, pero las dos que he citado ahí están. Y me centraré hoy en una, Il Giardinetto notte, nacido en el 74, es el más joven de los citados (Bocaccio es del 67, Flash Flash del 69), pero con el aire de recién nacido. Decía anoche allí mismo el actor mexicano español Miguel Herrera que podría ser escenario para que cualquier personaje de Woody Allen psicoanalizara sus cuitas. Herrera es viajado, acaba de llegar del Festival de Cine de Seattle donde presentó “Tito y los alienígenas”, el filme de Paola Randi que protagoniza y que debutó en los festivales de Torino y Teherán, es experto en temas culinarios y espacios donde priva el estilo. Por eso me quedé con la referencia a Allen o cualquier cineasta que precisara un espacio sin límites que recoja el aire del tiempo en ese jardín de vegetación simulada que soporta mil estaciones.

Lejos de esa etérea realidad, la cena de anoche estaba presidida por la locura más que consensuada de un gran hombre, grande por fuera y enorme por dentro. En una de esas simpáticas cenas que se inventó Poldo Pomés para su local, tocó ayer cena italiana. Vital como cualquier burbuja, Aldo Mariotti es uno de esos ejemplares que el mundo de la lírica dispone de vez en cuando, que encuentra voces, dirige algunas, encamina a otras, pero sobre todo disfruta de la vida donde se mueve como en el mejor de los pentagramas. Mariotti fue el encargado anoche de guisar para sus amigos, y no lo hizo solo, sino asistido a la hora de los postres por Diana Figueras, bella y encantadora como el más sensual de sus dulces. Mucho más prosaico, Mariotti cedió a sus impulsos italianos y se dejó seducir por los chipirones de Joan Más, del Vendrell, que se los eligió con esmero, para conjugarlos con unos tortiglioni para chuparse los dedos. Antes ofreció una maravillosa tosta de peperonata con cecina de León y una, para mí lo mejor, ensoñadora sopa fría de tomate con el pesto de su huerto. Todo coronado con un Brownie a la cadencia de la princesa Diana (esa noche, Diana Figueras), y regado con tinto Señorío de Líbano, con blanco y rosado del Penedés.

Un tiempo feliz donde no existían las horas mientras llegaban los platos y se discutía de modo elegante.  Poldo Pomés hablaba y dirigía con su sabio objetivo, no en vano es hijo del mítico Leopoldo Pomés, héroe impoluto que elevó a arte la fotografía. Curioso que tanto Poldo como su hermana, la bellísima Juliet (no en vano la mamá es la divina Karin Leiz), se hayan decantado por la gastronomía: ella y su marido, Ricardo Feriche, tienen Fragments, un encantador bistrot en la plaza de Les Corts, de muy buen comer. Poldo insisto, habla y fotografía, pero no pierde ripio. Le vimos en charlas con algunos asistentes, como Josep Figueras, proveedor habitual de las carnes de Mariotti; Diana Cervelló y Àlex Figueras, padres de Diana y propietarios del resort Mas de Torrent, el lujo de la Costa Brava; Carmen Erdocia y Julián Fernández, propietarios del Taktika Berri, imprescindible comedor barcelonés; José María Gotarda, del Ideal, donde elaboran los más sensibles cócteles. Una audiencia exquisita conocedores del buen hacer de Mariotti, en especial a la hora de los guisos.

Aldo Mariotti entre Carmen Erdocia y Julián Fernández tras la cena

Poldo estaba feliz del éxito de una convocatoria que, sin fecha fija, aglutina a sectores diferentes de una Barcelona elegante y discreta, que sabe y conocen degusta y paladea. Unos fogones por los que han pasado nombres como Alejandro Sales, Álex Escoda, Quique Serramalera, Mauricio Villavecchia, Natalia Eyre, Nito Fontcuberta, Paolo Micelli, Torres & Hellman, Albert Cruells y el campeón en audiencias José Turull que la noche que pilló el mandil, tuvieron que duplicar el aforo. En cierto modo me recuerdan a los primitivos caballeros de aquellas mesas cuadradas alrededor de la cuales arte y cultura, sueños, quimeras y deseos conformaron uno de los mejores ambientes de la ciudad. Hoy no sería posible, porque antes Barcelona es una fiesta. Ahora es una lucha de la que debería guardarse un tiempo para que disfruten los sentidos con la mejor de las fórmulas posibles, Il Guardinetto notte propone, ahora ustedes disponen.
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Josep Sandoval

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