Nosotros, que fuimos tan felices

Empiezo bien, es decir mal, muy mal. Primero coloco una coma en un título que le robo al director Antonio Drove, de su película sin coma. Pero sí, nosotros, que fuimos tan felices, estábamos juntos de nuevo. Gentes de una Barcelona de ayer  y que hoy, cual novia cadáver exquisito (título original de “Las crueles”, de Aranda), se arrastra entre la espuma (vacua, inocua, absurda, desorientada, nacida para nada), y la misma nada. Personas que en los ochenta y noventa combatíamos lo  que nos servían desde un paisaje del que, sin escaparnos del todo, nos íbamos alejando. Hoy este nuestro pequeño país que el sol apenas aprecia cuando se acuesta (canta el sublime Llach), trata de cortar vínculos con el mundo, precisamente cuando en este momento está mucho peor que el atroz absurdo del que habíamos huido.

Inma Sanchís en la fiesta de Núria Garcés en La Donzella de la Costa

Y puesto que he empezado hablando de cine, y para seguir también en el absurdo de la censura hasta tratábamos de ser libre y originales hasta en los títulos de las películas, aunque “Tocar el piano mata” (de Jaime Camino), tuvo que ser “Mi profesora particular”, donde Serrat tocaba el instrumento y enamoraba a una cuarentona de muy buen ver, aunque la madre de ésta también quería ejercer el derecho a tocar alguna tecla. Tema escabrosillo, sí, pero el título no debía reflejarlo. Tiempo hipócrita imposible para una ciudad como la nuestra con todo abanico de posibilidades libres de juicio, pre y per.

Pilar Pasamontes en la fiesta de La Donzella de la Costa

Pero allí estábamos nosotros, los felices, supervivientes de un tiempo y, entonces sí, un país con una identidad por la que valía la pena luchar. Dónde estamos hoy? pues en La Donzella de la Costa (Passeig Marítim, 08911 Badalona, Barcelona), convocados por la RRPP Núria Garcés, una agitadora cultural de primera línea. Entre la melancolía y el recuerdo, la inconformidad adiestrada, pero no domada, y la esperanza que todo debe cambiar para que nada se mantenga como está, y perdone usted señor Lampedusa. Era jueves, llovía, en algunos lugares nevaba, el termómetro por los suelos, había fútbol (el Barça!!) en la tele y era fuera de la ciudad. Pero no importó nada, La audiencia respondió, faltaba más, que no era cuestión ahora de abandonar una lucha (esta vez quizá simbólica, de resistencia emocional) que nos pilla con algún kilo de más, canas y poco más: el resto, cerebros, ganas y ansias, intactas.

Mireia Ros en la fiesta de La donzella de la costa en Badalona

Este reencuentro, cual Academia de Operación Triunfo no tenia misión alguna, es decir sí. Por un lado está el trabajo de Garcés de potenciar la entidad gastronómica del lugar propiedad de Marc y Andrea Fonolla, que ya va siendo reconocida por una clientela que les sigue, generación tras generación desde 1928.  Ideal para verano, tiene en su remodelado interior un agradable y polivalente espacio que esa especial noche del jueves cambió su escenografía de mesas y sillas por una desnuda pista de baile. Tocaron miembros con tanto pedigrí como los Brighton 64 (dos de los cuales son los hermanos de Ariadna Gil, componentes del grupo Matamala, como su otro apellido); el polivante y especial Frank Mercader; y actuó de DJ el productor musical Alfredo de Jesús.

Toni Riera, el fotógrafo por excelencia, en la fiesta de la felicidad

Por otro lado había ese encuentro servido desde puntos distantes pero con la misma ideología: la cultura por encima de todas las cosas, y la vida alrededor, por dentro y por fuera. Gentes creativas, estupendas, que sabías de ellos por referencias o algunos porque eran amigos tuyos. Personas que, sin querer ser personajes, conformaron un puzzle social tan atractivo y estimulante que se convirtieron en motor de una Barcelona que estalló de puro placer. Y que no tuvieron sucesores ideológicos pues los que vinieron detrás se empeñaron en dominar un sólo poder, el político, con el que satisfacer sus vanidades. Las gentes que fuimos felices vivíamos en libertad creativa, con una vida utópica fuera de presupuestos: cuantas cosas se habrán hecho en esos tiempos pasados y quedaron sin cobrar? cuantas esperanzas se perdieron en empeños y sueños de proyectos que terminaron en nada a pesar de todo? Tras la explosión, una burbuja de bomba H, llegó la nada. Y de ahí las peleas por los escaños y las poltronas, por dominar presupuestos y comisiones, ese afán de asegurarse una jubilación con el bolsillo bien cubierto. Fueron, nuestros sucesores, mucho más listos que nosotros: todos tendrán una vejez, económicamente hablando, mejor que la nuestra. Pero seguro que no habrán sido ni la mitad de felices que fuimos (somos) nosotros.

Sandra Araquistain y Núria Garcés, dos de las más rompedoras RRPP de Barcelona

Por eso en La Donzella no había politicos, sino seres humanos satisfechos por  el deber cumplido, fruto de la convergencia de sus inquietudes y la necesidad emocional de una ciudad en su momento. Y fue un placer ver entre muchos otros,  a fotógrafos como María Espeus o Toni Riera; grafistas como Peret o Sonsoles Llorens; colegas de prensa como Inma Sanchis o Carlos Núñez; psiquiatras como Josep Maria Fábregas; productores discográficos como Joan Rosselló o David Rubira; actrices como Mireia Ros; RRPP como Esther Gallén, Sandra Ariquistain o Anna Miquel; empresarias como Gemma Torelló; cocineros como Pedro Monge; señoras de la moda como Pilar Pasamontes, por siempre Miss Efectos Especiales; radiofonistas como Fernando del Collado; mánagers como Françesc Parellada; promotores como Anna Mas o Eduardo Moller; arquitectos como Pere Armadas, Xefo Guasch o Joan Madorell. Y así hasta completar un largo, múltiple, libre y grande etcétera que acudirá a llamadas como estas o para degustar la cocina de la casa, de la que se sirvió una generosa muestra esa noche donde estábamos nosotros, aquello que fuimos tan felices. Y lo seguimos siendo (o tratamos de).

 

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Josep Sandoval

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