El Tívoli ya es “La jaula de las locas”

Doy por sentado que todos conocen la historia de “La jaula de las locas”, que acaban de presentar en el Tívoli de Barcelona. Una locura consensuada en la que una pareja homosexual que regenta un cabaret de transformistas resuelve a ritmo de locura una inusitada situación. Un riesgo tremendo (sobre todo en el plano comercial), insistir en un tema tan conocido que ha tenido versiones teatrales y, lo que es peor, cinematográficas, que son las que tienen todas las de ganar por razones obvias cuando inevitablemente aparezca la comparación. Si obviamos equiparar producciones, la jaula del Tívoli es hija de la producción escénica, nace de la función de Jean Poiret (quince años en el Palais Royal de París), de la que surgió la versión americana, allí donde manda la música de Jerry Herman, autor de bandas sonoras míticas como las de “Mame”, “Hello, Dolly” y la que nos ocupa (por esta dos últimas se llevó dos Tony), mientras que los textos pertenecen a Harvey Fierstein que aquí nos llegan en la excelente versión de Roser Batalla y Roger Peña, dos clásicos en estos menesteres. Fierstein se llevó asimismo por esta obra un segundo Tony a casa; el primero fue por escribir y protagonizar “Torch Song Trilogy”, que en España interpretó Joaquin Cardona, dirigió Ventura Pons en versión de Quim Monzó, ahí es nada.

 “La jaula”, letra y música con premios Tony, firmadas por activistas de los derechos de los homosexuales, cuenta una historia sin rencor, discreta venganza edulcorada con un final que ridiculiza pero no ofende sino que divierte y satisface al personal: heteros y homos aplauden la incómoda y patética secuencia final envuelta entre tutús, pelucas y maquillajes.

Una obra en la que el esfuerzo por sorprender es enorme, porque todos conocemos la sorpresa: el truco del mago viene en la memoria de cada espectador que domina situaciones y, lo que es peor, el modo de resolverlas. Un trabajo donde todo debe funcionar como un reloj, un encaje de bolillos en el que ningún hilo tiene que desmadrarse porque el desmadre está organizado (y sabido) de antemano. Y, voilá! todo se desarrolla según lo previsto. Hay una compañía compacta, algún desliz que no vamos a señalar para no estropear el resultado final, un total de 23 actores que cantan, bailan, interpretan; y una orquesta que suena impecable de la que forman parte dieciséis músicos. Una puesta en escena ágil desliza las secuencias y los elementos escenográficos, medidos, están aplicados con sobriedad, quizá excesiva. Porque si algún pero hemos de señalar a esta producción, digna de Broadway, es la excesiva esquematización de los espacios, esperaba un cabaret más sensual y sofisticado (estamos en la Costa Azul), y un vestuario más sexy, pero quizá es ese el aire que quisieron imprimir a la función. Esta línea escenográfica atañe también a la decoración del piso de la pareja, Albin y Georges, donde echamos en falta un barroquismo conceptual que se manifiesta solamente en un enorme falo, a modo de escultura, y unos platos, decorados con motivos homo griegos que, por razones obvias, el espectador no acierta a ver, pero que sabe lo que contienen gracias a la versión cinematográfica.

Àngel Llácer, como la impredecible Zaza de “La jaula de las locas”

Por supuesto mención aparte para la pareja protagonista, Ángel Llácer e Iván Labanda, como Albin (Zaza) y Georges, cuyos trabajos están en la mejor línea, construyendo una pareja en estado de felicidad, ese espacio en que demostrarlo era un riesgo, en el tiempo en que se estrenó la obra y, desgraciadamente, aún hoy en día en determinadas situaciones. Llácer está medido y comedido, con el patetismo justo, el desgarro en su punto, la comprensión al borde del ataque de nervios. Para mi gusto le sobra, en un momento, un tanto de patetismo, al que yo no hubiera llegado; el final del tema “Yo soy lo que soy”, que cierra la primera parte porque arrancarse la peluca ya no debe ser un grito de guerra, sino un síntoma de comodidad y/o victoria. A Iván Labanda le traiciona su físico de adolescente feliz, un bigote añadiría un toque de madurez estética a una composición de personaje eternamente enamorado de Albin, lo que no le impide pensar en el asesinato de Zaza de vez en cuando. La dirección del propio Llácer en lo escénico y Manu Guix en la parte musical imprime agilidad a las situaciones y una coreografía, adaptada al tono kicht del cabaret eje de la acción, es asimismo brillante.

Para terminar, permítanme recordarles algunas “parejas”, habitantes de esta jaula, a través de los tiempos. Como siempre, ladies first: en cine, Michael Serrault y Ugo Tognazzi Nathan Lane y Robin Williams. Y en teatro, Ramón Corroto y Vicente Parra; Andrés Pajares y Joaquín Kremel; Paco Morán y Joan Pera, éste último invitado de lujo anoche en el estreno oficial del montaje que estará meses en el Tívoli: de momento en las previas se han superado con creces los mil espectadores en cada función. Un presagio excelente.

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Josep Sandoval

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