“Dolor y gloria”, estreno del mejor Almodóvar

Pedro Almodóvar va  estrenar pasado mañana su película 36 (según IMDB que incluye todo lo filmado y firmado por el cineasta), que titula “Dolor y gloria”. La acabo de ver en un pase matinal, siempre nefasto porque a las diez de la mañana los fantasmas de la noche aún andan sueltos y los del día se desperezan planeando sus maldades infinitas. Someterles al dolor de una tragedia es injusto, sobre todo porque no recibirán gloria alguna cuando acabe la proyección. Un plano que te deja con ganas de seguir viendo más película, aún cuando se te avisa que es la última claqueta y ves a Penélope (Cruz) deshacer la ficción con una de sus atronadoras y silenciosas sonrisas: ahí es la gloria, el poder de El Deseo (sic). Ganas de más cine, de más historia. Curiosidad de y por saber más del manchego, por supuesto ilustre, que ha dibujado a través de su vida el panorama de un país multicolor aún en tiempos del gris en los mandos.

Antonio Banderas en un plano de “Dolor y gloria”

Almodóvar firma su confesión más sentimental con la habilidad suficiente para saber que está ficcionando una parte de su vida mezclándola con postales desde el filo. Sus clichés son imágenes que complementan sus sentimientos, eso que cuesta tanto de mostrar y que él desgrana sin pudor, con mucho amor. Emulando a Comencini y su filme sobre Casanova, diría que esta infancia, vocación y primeras experiencias de Pedro Almodóvar, manchego, son una delicia de sensibilidad confesional, dibujado sobre un paisaje afín tan rural como opresor.

La omnipresente belleza de Penélope Cruz preside el filme

Las lavanderas en el río (ay, esa maravillosa Penélope de nuevo cual Silvana Mangano en “Arroz amargo”), la casa cueva de luz cenital como llegada del más allá, ese guión encontrado, con su actor perdido (tras rodar “Deseo”), a quien busca y encuentra, y ese amor, al que la casualidad, divina criatura, lo hace entrar en una sala alternativa para contemplar las huellas que dejaron su amor accidental en un director que puede ser Pedro, o no. Porque el filme no es una biografía sino una angiografía que precisa el porqué de los sentimientos, concreta el ímpetu de las pasiones. Todo fluye para  dejar escapar como un torrente todo ese manantial de instantes indescriptibles que te hace soltar el amor cuando llega de modo precipitado, inesperado, tal vez inadecuado, pero oportuno para rematar esa violencia instantánea. Sopa de sobre que desde su envase aséptico te calienta el estómago como un buen sexo te recompone el alma.

Antonio Banderas y Nora Navas en otro momento del filme de Almodóvar

“Dolor y gloria” es cine, pero es también amor al cine, a sus personajes. Y esta vez, además, a los seres queridos del director a los que mima y retrata en ese paseo de verdad y mentira al que no es ajeno Antonio Banderas. Protagonista de la historia, Banderas juega al laberinto del fauno, dejando escapar al monstruo de vez en cuando, pero dejando pistas sobre ese otro monstruo que es el personaje en un momento de su vida donde el balance no lo es, aún, todo. A veces la interpretación es casi imitación, no se si buscada o no, provocada por Almodóvar como boutade sobre si mismo. Pero tiene gracia.

“Dolor y gloria” tenía que hacerse en este momento. Porque el cine del manchego ha transitado sobre los  mullidos prados de la iconografía colorista del cuerpo (y aún del alma), pero le faltaba pisar el entarimado de su personal laberinto de pasiones, contar algo de cualquiera de sus amantes pasajeros que retratase el aroma de sus abrazos rotos sobre la piel que habita. Hay mucho de Pedro en la película, y muchísimo de su cine. De todo, en especial del que mantiene su cordón umbilical con “Laberinto de pasiones”, “La ley del deseo”, un poco de “La mala educación”.

Almodóvar, su otro yo, Banderas y en el centro, la madre de ambos en la ficción, Julieta Serrano

Títulos con los que podría confeccionarse un puzzle de “Dolor y gloria”, respuesta a su  quimérica pregunta “¿Qué he hecho soy para merecer esto?” Pues hacer de quiropráctico, y tras un masaje oportuno diseccionar el  alma para servirla en forma de películas y poder aprender de un tiempo y un país. De una historia y mil historias adyacentes sin perder un ápice de color ni de luz. Que la vida es un trampantojo donde priva el dolor mientas suspiramos por la gloria, arrebol y fuego fatuo que incendia sin querer el imperio de los sentidos.
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Josep Sandoval

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