«Dignitat», divina palabra

Por si se me había olvidado, busco en google que se entiende ahora mismo por dignidad. Y pone exactamente esto:
“Cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden”. Pues bien, no se dejen llevar por el título de la obra que se representa en el teatro Apolo (atención, sólo lunes y martes), y que se lema “Dignitat”, porque brilla por su ausencia. Porque se trata de un tema político, por más que el autor, Ignasi Vidal (hombre de teatro de toda la vida, calidad y cualidad heredada de su recordado padre en este mismo escenario), insista en que es una obra sobre la amistad, que también lo es. Pero no puede hablarse de ello, porque lo que flota sobre la hábil construcción del texto es otra palabra, ambición, de no tan estricta repercusión moral, aunque sí humana. Puede un político tener ambición? pues sí, es más, debe tenerla. Pede tener un político tener dignidad? por supuesto. Puede un político tener un amigo? por puesto no. Porque encontrar uno como el que tiene “Francesc”, el personaje que interpreta Octavi Pujades podría resultar nefasto, habida cuenta de toda la corruptela que arrasa partidos y que convierte a nuestros ídolos presuntamente democráticos en juguetes de una ambición que solo busca satisfacer la  suya propia.

A diario vamos conociendo casos en que este entramado en que se mueve la política, pongamos la española que es la que más nos afecta, nos sorprende a diario con casos nuevos, en que ambición y dignidad se dan la mano: una por exceso, la otra por defecto. Octavi Pujades es el presunto inmediato líder de un partido que se encuentra con su mano derecha, el aparentemente desvalido “Âlex”, Roger Pera, para compartir un whisky, el que tiene que ser el último antes del nombramiento y el éxito, y que, desgraciadamente,  sí será el último para uno de ellos. ¿El más noble? ¿el más digno? escuchen las propuestas de Vidal y deduzcan. Pero, por favor, no comparen, es un juego peligroso del que su salud mental podría salir aún más estropeada, políticamente hablando, de lo que estaba al entrar en el teatro.

Lo que sucede en este utópico país de la función, que podría ser España o Antananarivo, es lo que usted, amable espectador imagina aquí o en ese otro (la capital de Madagascar), citado por el exotismo de su localización física en  nuestro imaginario conceptual. Pero la acción entre whiskys que se desarrolla en ese despacho es la consecuencia de lo que creemos puede ser el pan nuestro de cada día en esos búnkers de distinta estética (corbata, traje, jean, melenas, camisas de leñador, camisetas), donde la dialécticas está plagada de exabruptos, insultos, recriminaciones y peleas barrionajeras, y se nos ofrecen televisadas en una hora donde no hay un “Sálvame” con su ración de (en este caso inofensivas) descalificaciones. Ahora y aquí la política es un juego de calle, sucio a pesar de algunos atuendos, inmoral en algunas ocasiones donde los partidos más desunidos que nunca buscan soluciones absurdas a problemas intermedios: nadie es capaz de arreglar nada y por eso se pierden en la dialéctica. es como cuando no sabes qué escribir y vas alargando el texto para justificar la dimensión.

Dice Vidal que “Dignitat” versa sobre la amistad, pero yo creo que es mentira, porque Pujades y Pera jamás han sido amigos. Se han apoyado, se han engañado (uno más que el otro, eso sí), para llegar a ninguna parte en uno de los casos; para cumplir sus sueños personales en la otra.

Ignasi Vidal, Octavi Pujades y Roger Pera, autor e intérpretes de «Dignitat»

Representada en castellano en Madrid, Ecuador y Rumanía, la obra, que nos llega en una excelente versión catalana del (también) actor Ricard Borrás, está perfecta de tiempos, medida en movimientos y en esos paseos de corto recorrido entre los dos compañeros (vamos a dejarlo ahí) por ese despacho de tranquila apariencia y que se va convirtiendo en el día de la ira. Vidal ha dirigido su texto con vigor, pero ignoro hasta qué punto ha dejado mano suelta a esos dos (grandes) actores. Pujades dibuja su ingrato papel un tanto artesonado, mecánico a veces, estructurado cual líder de derechas con la chaqueta en la percha; Pera está arrebatador en su composición letal de ese juego de amistades peligrosas con un cenit final, en una secuencia cinematográfica que despista un tanto al espectador cegato (como yo), que ve en la imagen a Pera con una notable melena mientras ha lucido calva esplendorosa toda la función. Un placer verles (y escucharles) y una alegría por ese retorno de Roger Pera, que cada día nos recuerda más a su padre, genial Joan Pera  en ese modo de “servir” la acción al espectador. Roger, ser como tu padre es lo mejor que te puede suceder.

Al estreno asistió el jurista Carlos Jiménez Villarejo, ex-fiscal anticorrupción, que gritó Bravo! al final y manifestó su complacencia a Joan Estrada, RRPP de la obra, dándole las gracias “por una noche espléndida, como espléndido es el retrato corrupto de los partidos políticos gobernantes, en España y Cataluña”. Y sabe el hombre mucho de dignidad, de política y de amistad.

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Josep Sandoval

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