Amargo es “Dionisio”, el placer de los sentidos

Teniendo en cuenta las coordenadas de Dionisio, el inmortal lúdico, sólo nos viene a la cabeza un nombre para representarlo en la tierra y/o escena, Rafael Amargo. A los no iniciados no vamos a detallarles habilidades del dios (ni las de Amargo), aunque les recomendaríamos que acudiesen al teatro Apolo de Barcelona, donde el creativo presenta “La vid… y mil noches”, una sutileza hecha fantasía en que nuestro hombre despliega su arte en pos de unas descripciones éticas y estéticas que no dejan de sorprende al espectador desde los primeros compases. Presentada en escenarios naturales de los teatros romanos de Málaga, Sevilla y Cádiz llega la obra a Barcelona antes de embarcarse desde Madrid hacia el mundo.

Rafael Amargo en el escenario del teatro Apolo tras la función de “Dionisio”

Un espectáculo compacto, de buen gusto del principio a fin, donde juega (y gana)  la globalización de géneros. Generoso, entre otras virtudes más generalizadas, Amargo desvía el interés de la narración fuera de su persona y personaje para interaccionar con disciplinas tan dispares como las acrobacias, la danza contemporánea, el baile clásico incluso las artes marciales. Para ello cuenta con diversos pilares adyacentes, pero básicamente dos: Rasta Thomas y Ramón Oller.

Rasta Thomas es “Apolo” en “Dionisio”

El primero asume el rol de Apolo con una pulcritud impecable, conjugando estilos que abarcan dede las ancestrales danzas rituales a aéreas filigranas donde parece volar: su “duelo” entre la carnalidad de Dionisio/Amargo y su sensualidad resuelta entre el flamenco y el clásico, es una pura delicia.

Luciana Bongianino es la conciencia de “Dionisio”

Oller es el gran talento la obra, con coreografías precisas y preciosas, preciosistas algunas, todas rebosantes de información, docencia y estilismo. Resuelve la combinación de los estilos con habilidad y discreción huyendo de lo que pudo haber sido una locura para convertir la mezcla en la más sutil de las combinaciones. Cuenta para ello con una compañía que raya a gran altura, sin fisuras, entregada al ritual, que la obra lo es, como a la fiesta, la locura y la orgía, perfectamente planificados, coreografiados con impecable estilo, insinuantes en color y accesorios, blanco, negro, oro; uvas rojas y verdes, la cama paraíso repleta de rebosante sensualidad sin que el sexo aparezca descaradamente, sino resuelto en elegantes movimientos por unos bailarines en estado de gracia.

Un momento de la representación de “Dionisio” (La vid y mil noches)

Si de algo pudiera quejarse el espectador es del nada abusivo uso del flamenco, y muchos salgan evidenciando que hay poco de Amargo porque esta vez la estrella lo es en función del personaje y su ideología. Y su modo de resolverlo está en esa globalización estilista que llena el escenario de historia, en un mar níveo que a veces es vela y a veces viento, mientras que otras es magma inconcreto, laberinto de pasiones o útero pasional por donde se derrama la esencia de la danza de la vida que acarrea la muerte.

“Dionisio” no es una obra fácil y su belleza debe ser atendida en todo su fulgor, pero también en sus silencios, en sus amarguras (ay!, ese amor Amargo que fluye por la escena), y sus alegrías, sus textos y sus cantares.

La pureza del espectáculo permite que la compañía brille en unas músicas de Jesús Durán, y libere extremidades bajo la voz de Rafael Moraira y sus textos poderosos. Con Daniel Navarro, impecable Teseo y esa pequeña joya que es Luciana Bongianino que interpreta a la conciencia de Dionisio. Sin olvidar un trabajo increíble , el de la diseñadora Pilar Dalbat que ha sabido impregnar de historia sus trajes, manteniéndose fiel a unos tonos y colores que, sin falsos maniqueísmos, conllevan todos los ingredientes del vicio y la virtud. Dorados, rojos, blancos y negros sin concesiones para esta versión, de apariencia sinfónica, que transcurre entre el vino, la agonía y el éxtasis, la fertilidad y el placer, la cosecha y el derribo. Un paseo entre el amor y la muerte (qué cerca y qué lejos están Eros y Tanatos), servido con una plástica de calmada revolución sensual, un placer para los sentidos, un camino por el alma sin destino definido guiado por los instintos animales más (i) racionales que suelen ser los más productivos y estimulantes. Sólo hay que saber mirar, escuchar y sentir. El resto es fácil, déjense llevar.

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Josep Sandoval

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