Albertí hace entrañable a Calderón

Tomando como base la parábola de los talentos del Evangelio de Mateo, “El gran mercado del mundo”, (Calderón de la Barca, escrita entre 1635-1639), es un auto sacramental en el que un padre, para saber a cual de sus hijos debe dejar su herencia, los envía al gran mercado del mundo con la misma cantidad de dinero para ver cual de los dos saca mayores beneficios. A los chicos, el Buen Genio y el Mal Genio les acompañarán en la aventura la Inocencia y la Malicia, descubriendo, eligiendo, equivocandose entre todo lo que se puede adquirir en esta feria de vanidades y tentaciones. Conceptos como  la Culpa, la Fe, la Gula, la Lascivia, la Soberbia, la Humildad, el Placer, la Penitencia o el Desengaño.

Silvia Marsó, impecable Culpa en «El gran mercado del mundo»

La trama que roza conceptos filosóficos más desarrollados en “El gran teatro del mundo”, adquiere aquí tintes morales, de cierto naturalismo dentro del realismo permitido en una obra de este tipo. Xavier Albertí, autor de la versión y director del actual montaje, ha seguido fiel a sus postulados y ha hecho de ese juego de tentaciones un puzzle en el que coloca lo que podían ser sus obsesiones y fetiches, anacronismos plenamente aceptados. En especial en la plural banda sonora, donde la conjunción refuerza las situaciones, y encontramos desde Purcell a Bach (La Pasión según san Mateo), pasando por el Adagio de Samuel Barber, hasta el cuplé “El régimen severo” de Bella Dorita. Acotaciones   totalmente justificadas, como esos otros incorporados de las revistas del Paralel.lo ( “La bolsa”, “El desfile del oro” -ambos de la revista “Oui, oui”-, o “La cocaina” que interpreta la aquí muy atractiva Mont Plans) o ese “Il mondo”, de Jimmy Fontana.

Mont Plans, seductora Malicia, nos tienta con «La cocaina»

Hay pasajes clásicos y alguna aria para contatenor (impecable Jordi Domènech), tenor (también perfecto Antoni Comas), y toques “marxsianos” (de hermanos Marx), como ese juego de piano y pianista dentro del piano), un ángel volador cual exterminador de Buñuel (o redentor de Pasolini), o esa caracterización de la siempre perfecta Silvia Marsó, cual Laura Betti rubia platino lista para cualquier Bertolucci fascistoide. Un tíovivo repleto de neones , acoge este surtido de vanidades donde el Buen y el Mal Genio tropiezan con sus retos, donde las tentaciones no lo son tanto o por lo menos no están tan expuestas como para caer en ellas de modo sistemático. No puede evitar Albertí el transformismo en cuanto a atracción sexual se refiere, ni evocaciones oníricas muy vaticanas pop art, como la imagen final, en el centro de la atracción ferial con ese efebo al pie de la cruz sostenido en brazos del travelo en pura evocación de La pieta de Miguel Angel, excelsa evocación de la (Rubén de Eguía), y la Lascivia (Roberto G. Alonso).

La Fe (Rubén de Eguía) y la Lascivia (Roberto G. Alonso) en el final de la función

Todo este juego de tentaciones está impecablemente servido por una compañía solvente de distintas procedencias pero cuyo resultado final es perfecto. A los nombres citados hay que añadir los de Cristina Arias, Alejandro Bordanove, Elvia Cuadrupani, Oriol Genís, Lara Grube, Jorge Merino, Aina Sánchez y David Soto. Una escenografía onírica, muy “ferial”, credo con la maestría habitual de Max Glaenzel y un vestuario de Marian García componen un patchwork colorista que alterna con un mundo en blanco, negro y oro, símbolos diferenciales en un universo multidisciplinar resuelto en un tiovivo de pasiones con epicentro dogmático. Todo un Calderón bajo la batuta de Xavier Albertí, una mágica combinación para acercar un auto sacramental a nuestros días, ponerlo a punto y lograr que sea lo más atractivo y estimulante.

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Josep Sandoval

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