Reconozco que no soy habitual de rebajas, ofertas especiales ni promociones, básicamente porque no me las creo. Antes fui comprador compulsivo, en especial cuando descubría una tienda donde tenían mi talla, pero ahora ya ni eso. Las seducciones sensoriales en forma de escaparate, han dejado de llamarme la atención, porque el tiempo sólo ha hecho que acrecentar mis dudas acerca de las pretendidas oportunidades. Siempre creo que comprando ayudamos a vaciar las estanterías de quienes se equivocaron al cargarlas con prendas u objetos equivocados. Y que antes de tirarlos van a enchufarlos en domicilios de bajo presupuesto: es cruel, pero lo pienso. Mo me interesa comprar por el simple hecho de que sea barato porque lo asocio con inútil, al menos para mis necesidades.

Lluis Sans, Ada Colau y Pere Aragonés en el palau Robert

Pero hete aquí que ha llegado la novena edición de la Shopping Night rebautizada Black Friday, que suena a filme de terror serie b, pero denominación engañosa de todos modos porque suele durar hasta terminar existencias. De hecho empalma con el Cyber Monday, que es más de lo mismo pero prestando más atención a la tecnología. Y luego ya seguirá la campaña de Navidad, como si de repente la economía hubiera dado un salto y todos se entregasen a la compra compulsiva, el país ha escapado de la miseria, te alabamos, Señor. Entre tanta tradición norteamericana de incitar al gasto no cabe otra de la misma procedencia, el Thanksgiving, o día de acción de gracias, donde aparte de que el presidente (americano) indulte un pavo sirve para que su propia estrene abrigo, en esta ocasión uno de 8.000 dólares uno muy criticado porque no lo compró en una rebaja.

Tomada como fiesta, la Black Friday barcelonesa se desparrama por el centro con cuatro objetivos, compras, música, gastronomía y cultura repartidos por el Paseo de Gracia y calles adyacentes. Tiene un principio institucional en el palau Robert, con discursos de Lluis Sans, presidente de l’Associació Passeig de Gràcia, y organizador del evento; de la alcaldesa Colau, con las palabras y su look de siempre; y Pere Aragonés, vicepresidente de la Generalitat de Catalunya (siempre hay uno de cada lado principal ), y luego la fiesta continua por las calles.

Renata Zanchi en la fiesta del Black Friday de El palauet

Este año había un añadido chic en forma de fiesta selecta en el vecino El palauet. Allí esperábamos encontrar algún que otro rostro popular (ya saben que en Barcelona escasean), y ante su ausencia los colocamos en otra fiesta, la que celebra el cirujano plástico Iván Mañero en Sant Cugat. Pero tampoco, no estaban invitados porque allí sólo había restos de serie mesetarios y algunas operadas gratis que se inmolan para ganar el favor popular y la gloria de Dios porque el acto es benéfico: todos contentos, así en el cielo como en la prensa. Porque siempre traen a alguien de prensa de Madrid, invitada por supuesto, para que informen en la villa y corte del caritativo evento. Los llamémosles afortunados, por su condición Vip, cenan con los invitados, mientras a los medios barceloneses los suben hasta el local y los hacen permanecer en el jardín bajo unas estufas, todo un detalle, y una humedad recalcitrante. Un desprecio que debería ser contestado con otro peor, ignorar el acto que no deja de ser una mera promoción con pretexto humanitario. Creo que organiza Elsa Anka, nativa de Barcelona, aunque ciudadana madrileña desde sus años de amor con Pedro Ruiz: no lo creen? pregúntenle por el desaguisado. También pueden interesarse por la tarifa que cobran los padrinos de la fiesta, porque en ediciones anteriores había una tarifa.

Juan Avellaneda llegando a El Palauet

Volvamos a lo nuestro. La fiesta de El palauet estuvo muy bien, con mucho glamour, traje largo y smoking al 99% excepto en Juan Avellaneda, con capa española y unos zapatos All that jazz de puro bailarín de claqué, totalmente exagerados. A este chico siempre le pillamos por los pies, ahora que volvía a llevar calcetines y había abandonado los pantalones pirata de demoiselle de Rochefort en vacaciones en Saint Tropez, se me pone estos zapatos!. Vi a Pedro Martínez de la Rosa, a la escultural Renata Zanchi, que vive entre Nueva York y Barcelona; a Júlia Creus a que confundí con Chenoa, y a Betsy Turnez, a quien no reconocí, porque no se quién es. Me dijeron que estaban Lázaro Rosa-Violán y Jordi Labanda, pero no coincidí. Lo mejor de la fiesta, edificio aparte, la comida, servida por Carlos Tejedor, del Sofía, con unos deliciosos canalones, un rissotto de maravilla y unos emparedados de jamón gloriosos: el hotel ha ganado en todo, y en especial con su nueva apuesta gastronómica. Y ya puestos, ya que eliminaron el calificativo de Princesa, no estaría mal que reconsiderasen añadir el de Reina Emérita Sofía como nombre, aunque solo fuera para elogiar la paciencia de una mujer que nació para reinar y lo sigue haciendo, a pesar de la familia que le ha tocado, que eso sí es una heroicidad (iba a escribir cruz, pero me lo he replanteado). Otra cosa, la sensacional música en el Palauet a cargo del nuevo proyecto de Brú Marsé, de quien tenemos que ocuparnos un día, porque es todo un proyecto sensacional. Tengo que reconocer que yo no iba de gala, pero mi jersey de cashmere y seda de Cruciani era un puntazo: sólo cogerme del brazo se desmayaban de la emoción. Por supuesto, es un básico que JAMÁS ha estado, ni estará de rebajas.

Del ambiente en general nada nuevo bajo la luna. Los políticos criticándose los unos a los otros (aunque tengan la misma ideología cabalgan en corceles de distintas cuadras), muchos y mal avenidos; poca disposición en el ambiente.  Comentarios para todos los gustos a a escultura (?) Hombre del Invierno, que si lo hacen más feo mueren en el empeño. decían unos de la oposición. También palos para el Belén de la Plaza Sant Jaume, allí donde confluyen Generalitat y Ayuntamiento, frente a frente, golpe a golpe, verso a verso,  interpretado  con sillas (una alegoría a aquello de “siéntate y espera”). Y los habituales puntos de encuentro con Carme Ruscalleda, esta vez con su increíble dashi de berenjena, al lado del hotel Mandarín y cerca de donde actuó Beatriz Luengo,  y que formaba parte de un menú de siete euros (precio de  Black Frida), que incluía también un canalón de Nando Jubany y una cerveza Damm.

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Josep Sandoval

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