enero 2018

La sordera postlocutiva es la pérdida auditiva que aparece cuando ya existe lenguaje.

Soy el primogénito de la menor de cuatro hermanas, de las que la mayor engendró tres hermosas mujeres, mis primas, la primera de las cuales tiene sordera postlocutiva, algo que yo recuerdo desde que tengo uso de razón. A sus ochenta y pico de años mantiene belleza, dignidad, motricidad y esos sonidos que emite al hablar y que llamaban mi atención desde muy pequeño. Verla (oirla, escucharla) diferente acrecentó mi interés por ella y me sentí muy cercano: de hecho creo que a pesar de la diferencia de edad era la persona con la que mejor comunicaba. Aprendí a vocalizar,  sin saber siquiera que era eso, para que leyera mejor mis labios, y memoricé con agilidad infantil algunas palabras en el lenguaje de los signos.

Con el paso del tiempo fui perdiendo el contacto familiar sin mediar razón. Son  esos cambios de hábitos que te alejan de unos círculos y costumbres para colocarte en otros, concéntricos a pesar de todo, donde la familia es un ente que se va alejando, y siempre con un recurso (pretexto) para no recurrir a ella.

Portada del libro de Marimén Ayuso

Con el paso del tiempo mi prima, María del Carmen, se enamoró y se casó con un joven, Ladislao, con su  misma discapacidad ocasionada también por una meningitis. Tuvieron una hija, Marimén Ayuso, y se instalaron en Frankfurt. La pequeña creció en un laberinto (creativo, complicado, curioso, educativo) que se desenvolvía entre los signos de su casa, el idioma de sus familiares españoles, el alemán de sus compañeros de colegio y los signos de los amigos de sus padres, distintos a los españoles.

Tal vez como venganza a esa locura lingüística a Marimén le dio por los idiomas: en su juventud llegó a hablar nueve. Hizo el Bachillerato en el Colegio Alemán de Barcelona y estudió Filología Anglo-Germánica en la Universidad. Se hizo traductora políglota (castellano, catalán, alemán, inglés, francés) y se apasionó por la literatura. Se formó en la Escuela de Escritura del Ateneu en Barcelona, es miembro del grupo Bojador del Club de Lectura Layetano, formado por seis escritores, que ha publicado su primer libro de relatos, la trilogía “Tabúes / Fobias / Filias”, bajo el concepto  “Mejor no te cuento” (Sólo para adultos).

Con su primer marido tuvo a sus dos hijos, Lluís y Alexandra que, para no romper la tradición, han estudiado en un colegio suizo. Con ellos habla en alemán, con su segunda pareja, Enric, en catalán (que estudió en la Universidad), y con su madre (y vecina), en castellano y con las manos.   Asegura que las visitas salen mareados de su casa.

Dice Marimén que “crecer con unos padres sordos y percibir que nos comunicábamos con un idioma diferente al resto me supuso la necesidad de plasmarlo sobre papel. Necesito de las palabras para vivir. Leerlas, escribirlas y sentirlas”. Tardó seis años en escribir su primera novela, “La palabra en la Mano”, porque “me di cuenta de que la trama inicial (principalmente amorosa) no era sobre lo que yo quería escribir. Así que me deshice de esos tres años y empecé de nuevo. La sordera era lo que tenía dentro de mí y lo que necesitaba dar a conocer”.

Marimén Ayuso y su hijo, Lluís Ferrer, que cantó en la presentación del libro de la escritora

 

La novela cuenta la historia de Lucía, una madre soltera hija adoptada de un matrimonio burgués, que pierde el oído cuando parece que va a estabilizar su vida. Sus reacciones, inconformidad, rechazo, rebeldía, violencia y odio frente a la discapacidad, van a convertirla en un monstruo, especialmente cuando se orilla la idea de que Sara, la hija de Lucía y con una prometedora carrera como cantante, puede heredar la sordera. Una historia donde no hay tregua para las emociones, ni espacio para otra cosa que no sean las sensaciones de la protagonista, en las que reconocemos algunas de la propia escritora, por otra parte algo absolutamente normal en una primera novela. Herencias (o no), repulsas existenciales, miedos, ternuras, una cierta violencia y hasta un deterioro físico y mental que no favorecen en nada la resolución del problema. Todo está en la novela, perfectamente estructurada, cuidada hasta el detalle, vivida y sentida. Un canto a la esperanza, que no a la conformidad, pero sí a la aceptación como norma de vida.
“La palabra en la Mano” se presentó por primera vez en el Ateneu de Barcelona; la segunda en la Pastoral de Sordos de Barcelona y la tercera en la librería Alibri, también de la ciudad. Y tiene previstas otras en la Pompeu Fabra, en Cervera y Madrid.
Curiosidades: presentó la obra junto a “Y nunca más me hice a la mar”, de Irene García Carbonell, con coincidencias: ambas tienen protagonista sorda, que cena también en la brasserie Flo y pasea problemas por el TuróPark. Ejerció de maestra de ceremonias la escritora Dory Sontheimer (“Las siete cajas”), amigas desde hace años a partir de unas clases de escritura en la casa Elizalde.
Y remate feliz: tras el acto cantó Lluis Ferrer Ayuso, hijo de Marimén, todo un talento, que a sus 25 años es profesor de arquitectura en la Universidad, toca jazz  y tiene varios grupos musicales, uno de ellos  VA. Interpretó, no podía ser otra, “El sonido del silencio”. “Es el cantante de todos los conjuntos y creo que su voz privilegiada la heredó de mi abuelo Manel. Tienen un CD, localizable en https://vaoficial.bandcamp.com/releases”, dice orgullosa Marimén, que cierra con noticia: “Y sí, estoy escribiendo ya mi segunda novela: “La prostituta de la trescientos veinte”, una relación de amistad ente una escort y una monja: la cosa promete.

Para los de fuera de casa: el Fòrum es un inhóspito espacio en las fronteras norte de Barcelona donde las fuerzas vivas quisieron aislar el ocio nocturno de esta nuestra comunidad (la que se avecina) para evitar contagios. Pero les falló la progresión. Y el mal fue avanzando con los traslados: del iniciático Moll de la Fusta saltó al Maremàgnum, y de allí al Port Olìmpic. Cuando el desmadre colapsó esta última zona se decidió exiliarlo (palabra de moda) hasta el Fòrum. Y para darle un toque “cool”,  el entonces alcalde Clos definió la zona como “Olimpiada de las Culturas”, y ya no hubo nada que hacer.

Ahora el Fòrum es una tierra de nadie donde sólo funcionan actos puntuales que precisan capacidades máximas. Parece un lugar de no retorno, iba a escribir para morir pero sonaba muy fuerte, aunque el final se siente cercano. La última profecía la soltó Isona Passola, presidenta de la Academia del Cinèma Catalá en su discurso anoche en la entrega de los premios Gaudí: dijo que, posiblemente, serían los últimos…retransmitidos por TV3.  Se atusó su melena a lo Kathleen Turner, y se abrió la chaqueta por la que asomaba su blusa amarilla (la noche era de divisa negro y oro) y miró por enésima vez al cielo. Tal parece pues que tal como están las cosas la de anoche pudo haber sido la última noche. Y ya se sabe que un gobierno y un partido sin un órgano de difusión como la televisión no sirve para nada. Apaga y vámonos.

Antes de llegar a Passola, la gala transcurrió en términos habituales. Repitieron decorado del año pasado y reciclaron en utilería las hojas (también) muertas de los plátanos de Barcelona. Hubo la discreta e inicial aportación del musical que culminó con la aparición del presentador, David Verdaguer, omnipresente no sólo en sus funciones como tal sino como aspirante a ganar un Gaudí por sus interpretaciones, algunas por partida doble. Con el pelo alborotado y una prótesis en sus genitales de dudoso gusto, salvó su trabajo discretamente, no pasaba nada, ni con él ni con su sosias, un despechugado y mostachudo  doble que mudo (anonadado?) asistía a la función.

La lluvia de premios fue previsible: veías al ganador antes que al premio, porque estaba allí. La prueba más irrefutable, la presencia de los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, que tuvieron planos mil hasta que desaparecieron tras recibir el premio del público por “La llamada” que debe ser la peli de la movida que tendremos que ver para cubrir la cuota de modernos.

El resto fue predecible, con sorpresas. Por ejemplo la (escasa) recolecta de Gaudis de Agustí Villaronga, pues se llevó la mitad (8) de lo que se esperaba de sus nominaciones, entre ellos uno para Núria Prims, en un breve papel que marca su retorno al cine, y Oriol Plá, que se sabía vencedor desde que pisó la sala y tuvo más planos que los Javis. A pesar de todo, me  cuesta reconocer al hoy director de culto -sentado en su butaca de primera fila-, como aquel quinqui chuloputas que bordó en un filme de navajeros de De La Loma. Milagros del séptimo arte.

“Incerta glòria” no logró el trofeo al mejor filme, que fue para “Estiu 1993”, de Carla Simón y sus recuerdos de infancia, mientras que la mejor película en lengua extranjera (es decir lengua no catalana para no enmendar la plana a nadie) fue para “Tierra firme”, de Carlos Marqués-Marcet. Y ahí me desconcerté.

Núria Prims recibió el Gaudí de interpretación femenina del 2018

Desde el principio de la gala la atención la presidía Isabel Coixet, que tenía doce nominaciones por su exquisita “La librería”. De entrada, y por problema de gafas (mío), creí la acompañaba Joan Tardá, algo que me parecía no improbable sino imposible, pero, cosas veredes, amigo Sancho. Creí que la directora catalana había pactado el “seny” y la “rauxa” y que quizá había cedido a cantos de sirena no contemplados en sus postulados. Es decir, me volvía loco pensando en la posibilidad de un acercamiento a otro tipo de posturas e ideales de los manifestados por Coixet respecto al delicado momento negro y oro que vivimos. Y la imaginé agradeciendo el premio a los ausentes. Creí….yo que sé. lo creí todo. Después, cuando ya me percaté que a quien le daba la mano Coixet no era Tardá si no su amor, el activista Reed Brody, todo volvió a la normalidad en mi cerebro y entonces ya vi que el premio no sería para ella, como así fue.

Trabajar para el cine desde Cataluña es un pequeño problema, porque hay que declinarse por una opción. Puedes pertenecer al lado de las pelis de casa, las escasas que compiten todas contra todas y en muchas ocasiones doblando candidaturas en cualquier categoría; o bien puedes hacer una peli en lengua extranjera. Pero, cuidado, no te alejes de los postulados de casa porque te quedarás sin postre. Como a Coixet, que le otorgan doce nominaciones, y gana en dos, música original  y dirección artística, pero se queda fuera del circuito de las ganadoras. Y me da a mí que pensar que no es por la inmensa categoría de “La librería”, sino por las declaraciones de la directora que nunca se ha callado su pensamiento. Siempre en función de la cultura, Coixet ha estructurado un filme con todos los valores a punto: mujer fuerte que monta una librería en un pueblo frente a la oposición burguesa y machista. Un filme de valores, de luchas, pero sensible, emocionante, vivo, atractivo, tan energético como una taza de té, tan sutil como la seda, pero con la fuerza, tesón y voluntad de una lucha doméstica por la cultura.

Mercedes Sampietro, recibió el premio de honor en los Gaudí del 2018

Del resto de la gala señalemos el acierto de colocar a cantantes para sus números musicales (Lidia Pujol, Beth, Elena Gadel, Iván Labanda, Lluís Gavaldá), y el limpio discurso de Mercedes Sampietro, Gaudí de Honor, otra gloria a respetar. Como lo fué el homenaje a Carlos Santos, uno de los momento más emotivos con la llegada de la banda de tambores, trompetas y tenores que interpretaron la Fanfàrria Olímpica compuesta por el músico, y que puso el broche final al momento de los desaparecidos del mundo artístico.

El desaparecido Carles Santos fue el homenajeado de los Gaudí del 2018

 

Tiene todos los números para ser un cretino integral: es alto, guapo, líder de opinión, simpático, un presente brillante, un futuro prometedor y una novia fantástica en todos los sentidos. En cambio Jordi Cruz y su pareja, Cristina Jiménez, son impresionantes en todos los aspectos. El chef es una excelente persona que no dudó en servir de cebo para que su (ayer) jefe y (hoy) socio cayera en la más entrañable de las trampas emocionales. Se trataba de convencer a José María González Simó, uno de los más notables hoteleros nacionales, para que le ayudara a la localización de un nuevo horno para sus cocinas, tal era el pretexto para que acudiera a un homenaje privado. Le citó en la puerta de uno de sus hoteles, el Cram, y al llegar al pretendido espacio González Simó encontró a buena parte de su vida emocional esperándole para brindar por el éxito en la carrera de su vida. La cara de susto fue superada por la de sorpresa y a partir de ahí surgió un carrusel de emociones de todos los calibres y colores. Compañeros de estudios, socios, amigos llegados desde todos los puntos de España, algunos sólo para esa especial noche.

La idea de este cariñoso embrollo la tuvo su esposa y más fiel colaboradora. Mercedes García Nevot, a quienes los mas entregados gastrónomos recordarán como la amable anfitriona de Gargantúa y Pantagruel, en la confluencia de Aribau con Aragón, donde la cocina de su Lérida natal campaba a sus anchas.

José María González Simó entre sus nietas Mar. a su derecha, y Piti

Porque los dos son nacidos en la capital del Segriá, de donde llegaron a Barcelona en 1966 para enfrentarse a la vida con el  valor y la inconsciencia, pero también con el coraje de sus veintipoquísimos años y dos hijos, el segundo de ellos con dos meses, como equipaje de mano. González Simó conocía la ciudad donde estudiaba Aparejador y Turismo (no hizo Derecho hasta los 38 años, y con éxito!), así que le pareció fantástico dibujar su destino con aquella bella gimnasta que bailaba en los Coros y Danzas de la Sección Femenina, y conoció en aquel guateque al que le llevó su primo de Almacellas, en un piso de la calle Carmen, frente a Radio Lérida.

Josep Sandoval, Cristina Jiménez y Jordi Cruz. (Fotos de Pepe Encinas)

Con unos ahorros adquirieron el hostal El Nacional en la calle Hospital, que convirtieron en residencia para estudiantes, un lugar que fue punto de partida para una carrera que les llevaría al poco tiempo a crear el Hostal Cisneros, en sociedad con su íntimo amigo Ernesto Agustí (con quien abrirían también otros negocios hoteleros en Zaragoza), y que tendría en sus bajos la morada de los gigantes, padre e hijo, tragaldabas. De allí al Park Hotel frente a la estación de Francia (en sociedad con Lluís Daniel Geli); en el 2004 convierten el Hostal Cisneros en el hotel Cram (el nombre del desparecido y recordado hijo del matrimonio, Marc, pero al revés), y trasladan el G y P a la calle Córcega. Para compensar la oferta gastronómica instalan en el hotel la cocina increíble de Carles Gaig, que la conjunción culinaria  siempre ha sido extraordinaria: habían organizado ya el primer Àbac en el Park Hotel que les llevaría a la primera estrella Michelin, y aún a la segunda que les sería arrebatada al trasladar la sede al nuevo hotel Àbac de la avenida Tibidabo, siempre en sociedad con Lluís Daniel. Un drama que duró poco y se saldó con la aparición de Jordi Cruz, que no sólo recuperó la segunda estrella sino que les  llevó a la tercera estrella el año pasado. El Àbac, un paraíso que fuera sede de la familia Andreu,  (rama Florita, hija de la insigne Madroñita Andreu), es ya referencia mundial del comer y vivir. Y si no que le pregunten a Sarah Jessica Parker y su marido, Matthew Broderick que desde que se alojaron allí con sus hijos no han dejado de mantener contacto con ellos. En especial con José Manuel Labrada, su persona de confianza en el hotel, y que fue también artífice de la fiesta de anoche.

Mientras, los González Simó, esta vez con Rafel Lleó y Josep Mestres, siguen en su empeño hotelero  y se embarcan en el Mirror, cuya cocina comandaba otro insigne, Paco Pérez. Los cambios siempre han estado a la orden del día, por eso  la cocina de Carles Gaig se trasladó a la calle Córcega, donde estaba el nuevo y en principio provisional Gargantúa; en el Park Hotel abre el Tens, a cuyos fogones manda Iñaki Aldrey, alumno de Cruz, y en los del Cram, donde están los del Angle (restaurante estrella del televisivo chef en Sant Fruitós del Bages), hay otro pupilo, Alberto Durá: dos chefs para el futuro.

Piti y Mar González, Mercedes García Nevot y Ana Calpe, de Oliana

Los negocios de González Simó lo siguen sus hijos Héctor y Tito, ambos con estudios especializados en hostelería desde todos sus ámbitos. El primero estudió en diversos centros europeos y americanos, como la European University Bachelor on Business Administration, la Hayward University de California y  el Sant Petersburgo College y el Eckerd College de Florida, mientras que el segundo se especializaba en temas culinarios en la Escuela de Hostelería y Turismo de San Pol de Mar.

La fiesta fue un éxito emocional, con catering del Angle y pasteles de Lys para completar esa delicia con la que Mercedes García Nevot evitó el cumpleaños de su marido, que es tan alérgico a ellos como a los viajes en avión. Para que tengan una idea: no conoció EE.UU. hasta que el Queen Mary ancló en Barcelona, embarcándose en un crucero de varios meses que compartieron con los Daniel Geli! Anoche, por todo, todos levantaron las copas. felicidades José María!!

 

Cyrano y su verso han vuelto a los escenarios en cuerpo y alma de Lluís Homar. Y al teatro Borrás de Barcelona me fui con el mejor de los ánimos. Un susto me golpeó de entrada: un hombre de apariencia marciana debido al claroscuro escénico que convierte el traje de esgrima de la función en extraterrestre, recita unas estrofas como burdo imitador de Flotats en su cantinela más desaforada. Encarna a Montfleury, un ridículo actor francés de la época, a quien detiene y expulsa del escenario una presencia impactante, Cyrano, o sea Lluís Homar. Vestido de blanco, firme, con un magnetismo desbordante, brilla ya, de entrada, el gran actor.

Muchos años después de aquel Teatre LLiure de Gràcia donde le conocí, mantiene prestancia, dignidad, prestigio. Como en uno de los personajes que le recuerdo especialmente con cariño, “su” Moises de la Santísima Trinidad en “Ascensiò i caiguda de la ciutat de Mahagonny”, donde aparecía por la platea enfundado en un abrigo de cuero, gorra ajustada y gafas cabalgando sobre una moto con sidecar mientras detallaba las reglas de la ciudad sin ley: “Ante todo, emborracharse, después hacer el amor, en tercer lugar vendrá el boxeo y emborracharse será la cuarta”, cantaba desafiante. Y yo, actor frustrado, deseé aquel papel desde la primera lectura. Gracias a mi amistad con la excelente actriz Imma Colomer, también fundadora del Lliure, me ví toda las obras de la compañía, y de ésta en concreto asistí a todos los ensayos y las veintinueve funciones, todas a teatro lleno. No hicieron más porque los propietarios de los derechos de autor no autorizaron determinados cambios estructurales y se canceló la producción. Pero allí estaba yo, esperando que un día Homar no pudiese actuar y llegase mi oportunidad, en un simil de aquellas situaciones hollywoodenses donde, ante una emergencia, el papel es para el que pasaba “casualmente” por allí. Me sabía el texto (de hecho me los sabía casi todos), la ropa me iba, pero….no llegó el momento. A pesar de ello me presenté el último día con un pastel de chocolate (made in Escribá), que representaba el decorado, un mayestático ring de boxeo donde un grupo de desalmados construían una ciudad fantasma con leyes textuales de Bertold Brecht y cantables de Kurt Weill.

Desde aquel momento la carrera de Homar se disparó, sin prisas ni pausas. Empezó de héroe romántico porque era el suyo el físico de toda la compañía que más se ajustaba al cliché, aunque luego tocó con destreza todos los registros. En esa carrera ascendente, Cyrano es una parada y fonda. Está sublime, recitando los versos en catalán de Albert Arribas que son una delicia, exquisitos. Y qué placer deleitarnos aún en los susurros más íntimos como fluyen con claridad cristalina haciendo de la palabra la más bella de las emociones. Homar es Cyrano hombre, enamorado, sufridor, sacrificado, buena gente, buen soldado, noble y caballero, pegado a una nariz tremenda que desaparece ante los efluvios de sentido y sensibilidad, ternura y pasión de sus rimas. El actor, en estado de gracia como dirían los cursis, estremece en algunos momentos como en el viaje a esa luna, destino fatuo, o esa sesión de ventrilocuismo en la escena del balcón, donde vuelca su amor a la hermosa Roxana a través del embobado por hermoso Christian. Cyrano enamora con el alma a la que pone voz y terciopelo, agudeza e ingenio, tormento placentero y delirio sensual hasta hacer de las palabras un hilo conductor entre corazones equivocados (el suyo con el de Roxana, el de ésta con Christian).

Lluís Homar al frente de la compañía de “Cyrano” en el teatre Borrás de Barcelona, 2018

Entre el claroscuro eterno del alma, y de la escena (firmado por Xavier Albertí y David Bofarull), Cyrano entra en conflicto bélico en esta segunda mitad de la obra, histórica odisea de su vida. Es en la guerra donde sigue el amor de modo epistolar, lo que facilita que Roxana empiece a deducir, que no comprender, que el sentimiento básico llega por otros conceptos más allá del físico.Y ahí sigue brillando Homar despuntando su texto sobre aromas fluctuantes entre el azufre, la pólvora, el incienso, y los ruidos de la contienda. El epílogo llega precipitado, como apurando ese par de horas en que queda resumido el texto de Edmond Rostand. Catorce años después de la batalla, reducido todo al recuerdo y su consecuencia, ya no queda más que la palabra y esa última carta que para Roxana escribió Cyrano vía Christian, que ella guarda en su pecho y él en su alma. Es un epílogo emocionante donde el verbo de Homar te pone el corazón en un puño mientras te inunda el cerebro un compendio de sensaciones. Palabras sobrevolando cual cometas sobre una platea que tenuamente iluminada desde el escenario provoca el silencio único, donde no aparece ni un ruido, ni una tos (mucho más impertinente que cualquier interferencia de móvil). Los actores, que han cambiado sus trajes de esgrima de ese combate elegante y dialéctico que es la función, por ropas de duelo, ceden a Cyrano el eje de la escena y, discretamente, medio desaparecen de foco mientras nuestro héroe, se desprende de la nariz, como si puesto ya un pié en el estribo, no precisara más pretextos para compensar con creces un apéndice gracias al cual nos desveló su enorme, tremenda, fascinante, capacidad de enamorarnos.

Pau Miró dirige un montaje equilibrado, equidistante y simétrico, donde cada personaje mantiene sus momentos . Hay bellos apuntes de esgrima, tal vez breves dada la escenografía que domina la función, y un combate bien resuelto en la dirección de Óscar Valsecchi y asesoramiento de Xavier Padilla. Y un breve equipo de actores que secundan a Homar y se encargan de un buen surtido de personajes, reducidos en esta versión de hoy, y cumplen su cometido con buen hacer, aunque al lado del “monstruo” parecen reducidos y sus carencias pueden magnificarse involuntaria e innecesariamente.  Joan Anguera, Aina Sánchez, Albert Prat y Àlex Batllori resuelven bien sus cometidos, aunque una mayor proyección de voz, especialmente en algunos de los recitados susurrados, sería de agradecer. Más que nada porque el molesto concierto de toses (si están resfriados no vayan al teatro) impide a veces perdernos verso y ripio. Y eso es muy grave en este caso, lamentable.

Hubo una vez en una galaxia no muy lejana, una ciudad llamada Barcelona a la que un erudito escritor, Eduardo Mendoza, calificó como la de los prodigios, porque era prodigiosa. Todo florecía en aquella urbe (la nuestra, la mía), los negocios iban viento en popa; éramos líderes en agitación cultural, no se nos resistía la moda, los bancos daban créditos y regalaban vajillas, y todo nos sonreía (por lo general de envidia) a leguas muy por detrás de nosotros.

En aquel tiempo tan feliz nuestra vida lúdica estaba regida por un peculiar hombre, Carlos Martorell, alguien que en cierto modo implantó lo de las relaciones públicas como habituales animales de compañía. Siempre creí que los RRPP, como conoceríamos más tardes a quienes trabajaban en el medio, venían a usurpar publicidades, en cierto modo la difusión de sus convocatorias anulaban anuncios en periódicos y revistas. El éxito de sus trabajos reflejados en artículos potenciaba la difusión del producto objeto del evento y el que estuvieran firmados por periodistas, a veces de renombre, les dotaba de mayor impacto. El tiempo, que como dicen los cursis coloca a cada uno en su sitio, hizo que anuncios y RRPP compatibilizaran finalidades y terminaran siendo amigos.

Martorell, de noble y digna cuna, con padre docto y madre que en su día hubiera podido estar a menudo en “Vanity Fair”, se hizo abogado porque estaba mal visto que alguien de atildado porte se dedicara a una profesión tan frívolamente absurda sin un título universitario que le respaldase. Con toga, hizo sus pinitos en la noche de Barcelona donde mandaba Oriol Regás en su reino de Bocaccio, aquel cuyos caballeros no tenían mesa redonda pero, dicen, practicaban cama, se envolvían en red velvet cada noche y tenían nominales griales para sus libaciones. Y allí empezó la carrera de obstáculos para Martorell porque cada acto era un nuevo reto que él superaba con creces. La ciudad, esa Barcelona que aún era una, culta, avanzada, alegre, grande y divertida, se le hizo pequeña y voló por el mundo. recaló en Ibiza donde fue Pachá de un universo hippie embrionario que ha sido madre de dragones si entendemos como tales los descalabros socioeconómicos de la isla. Paris y Nueva York fueron otras de sus escalas, pasando por Madrid, capital del reino, cuya aristocracia sucumbió al ímpetu del creador que le devolvió la titularidad extraviada. Princesas y advenedizos, damas y tunantes, artistas y malvividores varios: todos tenían cabida bajo la carpa del gran circo del mundo de este hombre a cuya llamada acudían todos sin excepción, pues de un modo u otro estaban bajo la influencia de su droga más sutil, la seducción verbal y su deontología impecable. Martorell creó un público, que no una corte, que le ha sido fiel desde sus inicios. Y que ha compartido sus inquietudes como escritor, periodista, diseñador y otras de sus actividades paralelas.

Para muestra la convocatoria de ayer martes en la sala Uno del Multicines Gran Sarrià de Barcelona, donde presentó el documental “Carlos Martorell Polifacético”, un resumen exhaustivo de su carrera. Un tal vez excesivo canto a sus logros, que son muchos, que eran a la vez reflejo del movimiento sísmico-lúdico de lo que la vida misma nos iba regalando. Etapas de tiempo, demografías sociales en el que los momentos made in Martorell eran escamas de una epidermis que iba maltratándose con el paso de los días, y que él iba distrayendo con su imaginación y estilo a través de momentos divertidos y burbujeantes, siempre elegantes.

La audiencia contempló el documental con la ilusión de volver a ver imágenes de instantes de su vida. Fue como volver a mirar el álbum de fotos del pasado, comprobando que a veces el recuerdo ha sustituido la realidad y no se encuentra la imagen que uno creyó guardar (a veces de sí mismo). Supervivientes de una época y un tiempo dorado, guardaron silencio durante la proyección y dejaron escapar más sonrisas que lágrimas, porque cualquier tiempo pasado no fue ni mejor ni peor, simplemente fue.

Al final, besos de despedida, algunos para siempre. Como ese último ósculo para Carmen Mateu de Suqué que fallecía esa misma noche, cerrando, casualmente, uno de los retazos de vida más elegantes y cariñosos que uno cree recordar. La gran señora, que lo será en el recuerdo para siempre, nos dejaba coincidiendo con el final de la cinta. Un triste epílogo para una noche entrañable que comenzó con otro recuerdo. Esta vez para los propietarios de los cines, los hermanos Pere y Maria José Balañá, cuyo padre, Pedro Balañá cerró también su etapa  hace unos días. Dos despedidas muy tristes para dos personas entrañables que proporcionaron a las vidas de quienes les conocimos, momentos de cordialidad, buen  hacer, simpatía y afecto. Condiciones que conforman el mejor documental de sus vidas, para las que la palabra fin no es más que el principio para el más hermoso de los recuerdos.

Lunes de resaca. He pasado tres días de fiesta. Una pena porque me he perdido un sol espléndido y unas temperaturas primaverales. En cambio yo no he salido de casa desde el viernes. Y todo por culpa del cumpleaños de unos atípicos sexagenarios donde para empezar no sólo no regalé nada sino que fui yo (y el resto de invitados) los obsequiados. Natalia Madera y Nuria Alonso, de Penguin Random House Grupo Editorial nos habían citado en el hotel Casa Fuster de Barcelona, una maravilla del modernista Domènech i Muntaner, joya y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Habían preparado un pastel de viñetas, copas. catering y champagne. Y allí estaban los culpables de la divertida “tragedia”. Vestidos con dos de sus más amables (y normales) atuendos, tratando de pasar desapercibidos, allí estaban dos amigos de toda la vida, Mortadelo y Filemón, los héroes salvadores del sadismo de nuestra infancia, que diría el recordado Terenci Moix, vigilados de cerca por su padre, Francisco Ibáñez que les dio forma (que no cuerpo) y magma editorial (que no alma, que la suya es de papel y tinta para colorearla), aunque les dotó de una capacidad para la seducción festivo emocional que llevan ya sesenta años agitando el universo sin intención de detenerse. Poco dados a hablar, excepto en las películas donde les han usurpado su perfil animado y/o inanimado, quién largó a sus anchas fue papá Ibáñez, sentado a la diestra del actor Carles Areces, todo un erudito en la historia tanto de sus vidas como la de su creador. El dúo sostuvo una amena charla ante una audiencia entregada que siguió con respeto preguntas y respuestas, porque el primero sabía de qué iba y el creador es en sí historia viva de la ilustración, la emoción, la diversión y el placer de unos sentidos que se adquieren en la infancia y, por poco que se trabajen, no nos abandonan con el paso de los años. Ahí empezó el placer, en una atmósfera festiva y feliz que era un oasis de paz en este convulso momento que atraviesa el país (y ahí que cada cual ponga el que le apetezca). Mortadelo y Filemón estuvieron callados y no se disfrazaron de nada, más que nada para no estorbar: ellos siempre tan folloneros eran aquí la imagen de la tranquilidad en el cumpleaños de la felicidad.

Dimos buena cuenta del pastel y las copas, y eso que era hora del aperitivo, y tras el ágape, la sorpresa. Porque nos entregaron cuatro libros de la pareja editados con motivo del 60 cumpleaños, tres de los cuales contemplan aventuras descabelladamente divertidas (como de costumbre), y el cuarto, con prólogo de Álex de la Iglesia, es una guía imprescindible con todo aquello que siempre quiso saber de ellos pero que jamás osó preguntar. Orígenes (de la concepción al parto), residencias y vestuario, amigos y enemigos, curiosidades, trucos, trampas y locuras varias.

Ibáñez, creador de “Mortadelo y Filemón”, con Carlos Areces celebraron el 60 cumpleaós de la disoaratada pareja

Con una lectura así, quién se mueve de casa? Hasta que no acabé de devorarlos todos no hice otra cosa. Y descubrí sus identidades en otros países: en Alemania se llaman Clever & Smart; en Francia son Mortadel et Filémon; en Italia, Mortadella e Filemone o Fortune e Fortuni; en Holanda, Paling en Ko; en Portugal, Salamâo e Mortadela; en Grecia, Antirix kai Symphonix; en Turquía, Dötgöz ve Dazlak; en Brasil, Mortadelo e Salaminho; y en Dinamarca donde son unas súper estrellas  (lo sabría Puigdemont cuando planeó su conferencia de este mediodía?) les conocen como Flip og Flop. Aparte de la docena de versiones en otras lenguas, como el euskera o el catalán. Y sin olvidar la recopilación en inglés que hizo el sello King Classics en 1977 con distribución norteamericana. Son unas estrellas que merecían, en este momento, tres días de mi vida.

Recuperé el aliento que me llevaba hasta la azotea de ese 13, rue del Percebe, discrepé con Sacarino, hice pellas con Rompetechos, y, puesto que seguimos en mi infancia, e Ibáñez me va a perdonar por ello, volví a pasear con la familia Ulises, con las hermanas Gilda, me burlé de Hipo, Monito y Fifi, y hasta de la pérfida de Doña Urraca, y de Pascual, criado leal. Toda una serie de creadores  que, como Ibáñez, requieren un reconocimiento popular pues con sus plumas lograron un universo en el que yo solía perderme como lo he hecho este fin de semana. Y no se yo si eso es bueno. Colarse en un cómic e idealizar un mundo tan excesiva e innecesariamente cruel puede sanear el espíritu, aunque duela en el alma cerrar el tebeo (me dejan que lo siga llamando así?), abrir la ventana y, simplemente, mirar el alrededor. Como Ibáñez soy entusiasta del celuloide rancio y me suelo reír (ahora ya tal vez sonreír) con esos slapstick donde prácticamente a golpes se resolvía toda situación. Golpes más efectistas que efectivos y que, en el caso de Mortadelo y Filemón, llegaban a toda las esferas de la actualidad, siempre con el debido respeto a sus señorías, los vigilantes de esa zona oscura del alma brilla en los folios en blanco del dibujante.

Finalmente un par de apreciaciones. La primera es la casualidad en forma de premonición al incluir en un una viñeta dibujada por Ibáñez en 1992 donde un avión  choca contra las Torres Gemelas de Nueva York. Y otra todavía más heavy. No se si han detenido a pensar el paralelismo entre James Bond y nuestros amigos del cumpleaños. Observen que la agencia para la que trabajan estos, la T.I.A. (Técnicos de Investigación Aeroterrçaquea ), podría ser el M16 donde se congrega el servicio secreto de S.M., los 007; el jefazo, superintendente Vicente podría ser M (que antes de interpretarlo Judi Dench era un hombre y tras la muerte del personajes lo vuelve a ser); Ofelia, la sexy secretaria tendría las pintas de miss Moneypenny; mientras que el profesor Bacterio sería en la saga de Fleming simplemente Q, cabeza de serie del Q Branch sede de los inventos . La lista de enemigos es tan peripatética que en cualquier momento podrían confluir unos y otros. Todo con permiso de Ibáñez que a sus 81 años es un señor fantástico cuya capacidad para la creación e inventiva es tal que le debemos un homenaje. Al menos todos aquellos que gracias a él, y otros como él, tratamos de mantener un aire de inocencia aún en los momentos más bajos. Esos en que tenemos la página en blanco, cogemos el lápiz y la mano duda de qué hacer. Porque aún no sabemos donde ir.

Baz Luzhrmann es un excéntrico director australiano que en el 2001 realizó una versión absolutamente loca de “Moulin Rouge” (un anacronismo de arriba abajo empezando por la música), cuyo éxito a todo nivel le llevo a subir el año siguiente a la escena neoyorquina la ópera “La bohème”, en cuyo libreto había basado su filme. La misma estética mayestática también estaba presente en el anuncio para Chanel Nº 5 protagonizado como el filme por Nicole Kidman. Toda la parafernalia que envuelve estos trabajos incide en sus grafismos donde prevalecen los sentimientos, en especial el amor, LOVE, que escrito en forma gigante flota en los tejados parisinos contemplados desde buhardillas, pobres o lujosas.

Y como bienvenidos sean mis imitadores porque de ellos serán mis defectos, “Moulin Rouge” ha llegado al teatro Apolo de Barcelona. Supongo que por una cuestión de derechos de autor aquí se llama simplemente “Rouge (Fantastic Love)” pero también privan el amor y los anacronismos musicales, como está mandado y marcado en el original. La historia es la misma: chico y chica se enamoran, pero ella vive bajo el yugo de otro tipo de sentimiento donde manda el dinero, aunque la pasión reconduce el cuento, cuyo final es aquí distinto.

Poster del montaje de “Rouge” que se exhibe en el Apolo de Barcelona

Este montaje del Apolo que dirige Ricard Reguant hay que disfrutarlo por varias razones, la primera porque es una empresa privada, que ya estamos un poco hartos de iniciativas oficiales que complacen a un determinado sector del público para quienes parecen destinado sus productos. Ellos guisan y se comen un pastel cultural financiado por los impuestos de todos, pero donde no todas las opciones tienen cabida. El Apolo lleva un año, camina despacio pero seguro, y arriesga: si ir más lejos esta apuesta de “Rouge” es buena muestra de ello. Naturalmente hay pegas, pero no por ello vamos a dejar de apreciar el esfuerzo de las cien familias (Reguant dixit), que lograron subir la obra al mítico escenario.

Primera pega, cuando se copia, o se copia bien o se hace otra cosa. No basta con que la protagonista no se llame Satine, como en el filme, sino Roxanne, papel secundario en el celuloide, ni que él no atienda por Christian sino por Alessandro, curiosamente un anarquista que canta el himno “Bella, ciao” partisano en París, pero jugamos a eso del anacronismo no?, pues aceptemos éste también. Suponemos que “Rouge” es  un cabaret frecuentado por bohemios, entre ellos Toulouse-Lautrec y Erik Satie, cuyas primeras notas de su  “Gymnopédie nº 1”, añaden uno de los toques originales al montaje. El dueño del lugar atiende por Joseph y es un malvado protector de Roxanne a quien tiene abducida a base de joyas y otras minucias. Casualmente Roxanne y Alessandro se conocen y se pierden por amor, Lo que en “Moulin Rouge”, en “La bohème” y aún en la madre de la historia original, “La dama de las camelias”, conllevaba un trágico final, aquí tiene un guiño distinto, una pirueta no se si del todo válida, pero es teatro al fin y al cabo.

El problema de “Rouge” es su escritura, compleja y sin un conductor que sirva para deshilvanar la madeja del asunto. Y eso que cuentan los autores del libreto (Reguant y Octavi Egea) con dos excelentes elementos fundamentales, el maestro de ceremonias del cabaret (excepcional Javier Enguix, que hace un Maurice excelente a pesar de algunas morcillas de cabaret vetusto que le hacen decir y hacer), y el ballet (también estupendo, cuya capitana es Vanessa García, Lady Molino), que a la manera de coro griego podrían resolver la trama a través de las docenas de canciones que se interpretan, partituras cómodas por conocidas pero cuya circulación nadie organiza.

Gisela y Toni Viñals en un momento del primer acto de “Rouge”

La gran ventaja de “Rouge”es su reparto, plagado de buenos cuando no excelentes cantantes, que son a la vez buenos actores y tienen el físico del personajes, aquello que los franceses denominan le physique du rôl: todos están en la edad del personaje que representan, y eso se agradece. La primera en destacar es Gisela, la chica OT, ideal en princesas Disney, da el salto y se quita la ropa. La cantante es aquí mujer deseable, con curvas exquisitas y, por qué negarlo, canta mucho mejor que Nicole Kidman. Es una Roxanne dúctil a la que le falta tensión en algún momento dramático, algo en que la puede ayudar su coestrella, Toni Viñals, hasta ayer “Scaramouche” en el vecino teatro Victoria, y hoy esforzado Alessandro que muere de amor por la bella protegida. Es un vozarrón el de este chico que domina las partituras, aunque le falte el cariño adecuado en ciertos temas de amor (aunque también cante mucho mejor que Ewan McGregor. coestrella de Kidman en el filme). La pareja funciona y lo haría más si algunos elementos escenográficos entraran en escena antes de lo previsto,  como esa cama del fin de la primera parte donde dar salida al amor para mayor juego dramático. Un lecho mayestático, con dosel y almohadones podrían conformar una bella imágen de ese amor que pasa de poético a carnal en un plis plas.

La música en directo es otro de los alicientes de este montaje, como lo es el vestuario, adeudado, elegante, múltiple y colorista, tanto en ellas como en ellos, siempre más difícil de resolver. Y un reparto en el que intervienen también Ferran Castells como el malvado amante, y el grupo de bohemios, formado por Ferran González, Fedor de Pablos y otro chico OT, Naím Thomas. Un programa de mano a la altura de los eventos de Broadway y un espíritu vibrante que se agradece en estos espectáculos, hace presagiar que “Rouge” puede ser un éxito, pues ganas, medios y entusiasmo no le faltan.

De modo irremediable todo tiene que morir, cosas de la vida. No se lo tomen al pie de la letra, que hay muchos tipos de muerte y en este caso me refiero a la que afecta a la vida laboral, lo que se llama jubilación, que no tiene edad porque todos le colocan una: la adelantan quienes quieren dejar de trabajar por cualquier causa; la retrasan aquellos enamorados de su profesión. Y luego está la que marca la ley, esa señora díscola que aunque pretenda ser igual para todos la fastidia con su sistema de aplicación porque al ir con los ojos vendados no sabe hacia donde mira. Y la suele cagar.

Todo este tinglado está regido por nuestro deterioro, así que por más que nos empeñemos en seguir, si nos falla alguna parte de ese (cada vez menos) misterioso engranaje llamado cuerpo, la voluntad se convierte en despropósito. Pero no suele ser el caso porque la mayoría que se jubila prematuramente pertenece al grupo de quienes desean disfrutar los restos en pleno uso de sus constantes vitales en perfecto orden dentro de un ídem. Y quienes desean seguir, también.

Emilia Giménez, alias Lita Claver a quien conocemos como La Maña, a sus espléndidos xxx años (no crean lo que les digan, siempre son más), ha decidido baja el telón y quedarse en casa, cosa que yo pongo en duda. Para esta despedida, que ella se aferra a que es definitiva pero yo no, ha organizado un espectáculo tan breve como milimetrado. Lo presentó en su Zaragoza natal y lo cierra en Barcelona, en el teatro Apolo, del Paralel.l que fuera vía lúdica por excelencia y hoy es autopista sin peaje (aparente) donde pasan tan rápido los coches que no hay tiempo de ver siquiera las cada vez más escasas fachadas teatrales. Y tan olvidado por todos que ni siquiera figura en la ruta del bus turístico.

Pues allí está el Apolo, el de las chicas alegres que trajo el empresario Colsada para quitarles el mal humor, y hoy en manos de un grupo inmobiliario que lo ha alquilado a unos inversores cuya idea sobre el negocio escénico desconozco, pero que no es lo suyo, vamos. Esa nueva etapa del Apolo está dirigida por Ricard Reguant, experimentado hombre teatrero, empezó con la enésima versión de “Diez negritos”, un clásico que siempre funciona. y ahora acoge a  La Maña para su adiós.

Contra todo lo que podamos decirles, escribirles, sugerirles, contarles, les diremos que están llenando todos los días, algo insólito en esta Barcelona atontada de hoy donde hay entradas para todos los sitios. Y si no lo creen abran el ordenador para adquirír localidades para cualquier función, día y hora: las encontrarán con suma facilidad. Bien, el Apolo lleno en miércoles y ocupa el palco escénico (expresión que me encanta porque no tiene jubilación, es un clásico), la compañía formada por La Maña, Fernando Esteso, el Dúo acrobático Pack y el ballet Glamour Dance en una producción de Era y Luís Pardos, la célebre compañía a quienes la futura pensionista les ha cedido su espléndido, completo, maravilloso y colorista vestuario, un fortunón.

Abre el show una solemne Maña sentada en la penumbra, con una bata negra transparente, aunque repleta de pedrerías selectas, la misma prenda con la que cerrará el espectáculo. Demasiado rigor y excesivo e innecesario riesgo para un show de humor, aunque flote una despedida de por medio. Afortunadamente la cosa es breve y la fiesta empieza con una pauta que nosotros hubiéramos prolongado más. La Maña, jugando con el tema “Mi (última) gran noche” da paso a un Fernando Esteso en plena (y gloriosa) imitación de Raphael: ese era el juego.

Pero la ilusión es momentánea y tras el ballet, impecable (que tiene en sus filas a dos molineros, Geni Sánchez y Juli Bellot) en sus originales coreografías de Marta Tomasa, aparece el Dúo Pack, -habilidosos, elegantes, arriesgados acróbatas primero en el columpio y más tarde en la barra fija-, se sucede y alternan Lita y Esteso en pleno derroche de sus facultades técnicas y artísticas. La Maña recrea algunos de los clichés que la han hecho popular (muchos con textos propios), y Esteso (en plenas facultades de uso y disfrute) repasa también  su vida,  jugando, con mucho acierto, a las imitaciones. Diálogo pleno con el público, siempre atento a sus mínimas indicaciones, bajadas a la platea, complicidad: qué gran pareja se han perdido los partidos políticos a la hora de ese juego engañoso de las promesas y votaciones (o quizá les propusieron colaboración y la evitaron en un rasgo de honradez).

Y así va pasando el espectáculo, sin prisas ni pausas, degustando esa última función de Lita que ella se encarga de recordar vistiendo de nuevo, como hemos señalado, esa bata negra de oscuro adiós cuando debe ser un himno a la alegría por todo lo que nos ha dado. Sólo justificamos el momento, facción ternura, cuando Lita rememora a su marido fallecido hace unas fechas.

Vuelva a brillar todo y cuando uno espera inmortalizar a la estrella, verla bajar por el foso, con el más deslumbrante y espectacular de sus trajes (que los tiene), salta, cual chica yeyé con minivestido plata, acharoladas botas blancas sobre la rodilla y maxi chaleco de boas.Yo lo interpreté como que este adiós es un “ahora vuelvo” porque aunque ha rechazado prorrogar, ni ha aceptado bolos en ninguna parte, esta última imagen de La Maña era tan fresca y jovial como el más genuino de los guiños, una promesa al viento y un beso al aire del tiempo.

La primera entrega de premios cinéfilos del año a escala mundial es la de los Globos de Oro que se celebra a principios de enero en el hotel Beverly Hills Hilton de Los Ángeles. Es una fiesta lúdica que no tiene nada que ver con la entrega de los Oscar, donde toda la audiencia permanece sentada durante las cuatro horas largas que dura la ceremonia y donde quienes disponen de las filas, accesibles a primeros planos de la realización televisiva, tienen un doble para ocupar su lugar cuando se ausentan por cualquier motivo (baño, un cigarrillo). Suele decirse en el mundo del cine que si los Oscar son la boda, los Golden Globe son la despedida de soltero.

La que nos ocupa es una fiesta divertida, un tanto alejada del protocolo, con reglas tan poco rígidas que pueden saltarse con la discreción pertinente. Organiza los premios la Asociación de Críticos de Cine extranjeros pero únicamente los residentes en Los Ángeles, cuyo número no supera los noventa miembros, a quien puedes ver en un almuerzo informal el día antes en el mítico Teatro  Egipcio de Sunset  Boulevard, en un encuentro con cineastas de culto, de élite o del Este europeo.

La sala del Beverly donde se realiza la entrega tiene una capacidad para 1.300 personas, buena parte de las cuales son nominados y acompañantes, más aquellos que en esos momentos acaparen la atención mediática por cualquier motivo. Todos ellos están invitados gratis, por supuesto, mientras que los críticos abonan unos 150 dólares por ticket, y tiene a sun disposición hasta seis por persona. Hay una parte destinada al público y que se ponen a la venta por 750 dólares, que dan derecho a muchas cosas que detallaremos más abajo, de momento vamos a planificar el desplazamiento. Lo mejor es alquilar un coche con chófer que te recoja en el hotel, te deje en la puerta del Beverly Hills Hilton y vuelva a buscarte a una hora pactada en el mismo acceso: conviene fijarse bien porque la llegada es muy complicada, los accesos al hotel están cercados por motivos de seguridad y desistan de pillar un taxi a la salida, como diría Tom Cruise, Misión Imposible.

La ceremonia empieza a las seis pero conviene llegar, como mínimo, dos o tres horas antes. Primero por el control de policía cada quinientos metros, alguno de ellos con perros y espejos para mirar por debajo del vehículo, después porque tendrán que abrir el maletero y las guanteras. Y pos supuesto, identificarse y mostrar la invitación. El coche te deja al principio de la red carpet y a partir de ahí hay un pasillo en zig zag con un par de arcos detectores de metales que obligatoriamente pasa todo el mundo, y a partir de ahí ya es un colegueo total con las estrellas. Como hay tanta masa actoral en Hollywood, todos lo son, o lo parecen, así que nadie escatima una sonrisa, ni te rechaza una mano o evita un selfie porque básicamente o son actores o críticos, cualquiera de los dos amigos inevitables. Puedes seguir por el pasillo hasta el hall del salón de los premios, coger un  refresco y volver a pasear procurando no estorbar ni cruzarte con las cámaras de los abundantes e improvisados sets donde entrevistan a las estrellas.

Ya en el interior es sumamente fácil localizar tu mesa entre las cientos de ellas,  distribuidas en semicírculo alrededor del relativamente pequeño escenario, de boca enorme pero poca altura. Pegadas al mismo las mesas con las estrellas nominadas por categorías y, alejándose, gente del cine, prensa e invitados y al final público de pago que, curiosamente, es el que está más lejos de la escena, aunque no importa porque un multitudinario servicio de pantallas de televisión te acerca lo que sucede en escena. Y luego porque puedes circular por la sala libremente hasta que empieza la retransmisión, que nunca excede de las tres horas con cortes de publicidad de tres minutos cada cuarto de hora.

A partir de las cuatro empiezan a servir la cena, exquisita, conde hay salmón y otros ahumados, una carne jugosa con verduras, y pasteles, todo regado con litros de Moët & Chandon. Y acto seguido recibes el primer obsequio, una caja gigante de chocolates Godiva y otras pequeñas con mignardises diversas. A la hora de empezar debe estar todo retirado de las mesas, a excepción de las de algunas estrellas a quienes se consiente todo porque se supone que el retraso es a causa de los imperativos de la insistente prensa.

cartel golden globe 2018

Y empieza el espectáculo. La mejor plaza para no perderse ripio es estar sentado en el espacio de prensa, pegado al de los actores y que tiene detrás un pasillo, con dos destinos imprescindibles: por un lado el baño, por el opuesto. dos accesos, uno que se abre a una galería abierta donde se puede fumar, y el otro hacia un buffet equiparable al mejor negocio de gastronomía que se precie, con toda clase de delicias, dulces y saladas que imaginarse puedan. Y varias barras donde sirven los mejores y más exquisitos combinados y más Moët. En los tres minutos de publicidad las carreras hacia estos lugares, baños de preferencia, son divertidas pues no sólo se comprueba la frecuencia mingitoria de algunas celebridades, sino sus nerviosos movimientos mientras hacen cola para evitar un escape improcedente.

Cuando termina la gala hay seis  fiestas, la de la Fox, Amazon, HBO, Netflix, la de Warner Brothers y la de Universal. a cual mejor.  con las más fabulosas decoraciones (no olvidemos que estamos en el mundo del cine y eso quiere decir fantasía), música en directo o dj de cierto renombre. Y por supuesto, comida y bebida. El acceso se logra por invitación directa de los organizadores, productoras de cine, majors y canales televisivos en auge. En estas fiesta puedes encontrar a la estrella que no habías visto en la sala de premios, porque son invitaciones separadas. Y, por regla general, los que van a los premios no las frecuentan, excepto si están de promoción, pues entonces tienen una suite, se cambian de ropa, cogen un ascensor y posan en el photocall publicitario.

Cuando los pies ya no pueden más, has agotado las dos baterías del móvil y estás tan saturado que hasta te da igual que Nicole Kidman te pida la hora, te queda el reto final: hacer cola en unos stands donde te canjean la entrada por un bolso de viaje con ruedas para los caballeros, o uno muy chic para las señoras, ambos cargados con un variopinto lote de productos de todo tipo, desde artículos de belleza a vasos térmicos, termómetros de viaje, cortaúñas, básculas digitales de maletas, auriculares alta fidelidad, por un total de 400 dólares. Con todo esto, y los bombones y dulces que llevas arrastrando desde las ocho, localizas la puerta donde te ha dejado el chófer y a dormir con esa colección de fantasías animadas de ayer y hoy que más que hacernos soñar nos han desvelado para toda la noche. O por varias.

 

 

La entrega de los 75 Golden Globe Awards se celebró la tarde del domingo en Los Ángeles, madrugada del lunes en España y a pesar de la diferencia horaria tuvimos oportunidad de verla en directo vía Stream. Volvió a ser un espectáculo magnífico aunque esta vez las reivindicaciones sociales tiñeron de negro una pasarela roja por las que desfilaron vestidas de ese color las primeras espadas femeninas de la pantalla mundial. Los abusos del productor Harvey Weinstein sirvieron de cabeza inicial para una serie de reivindicaciones femeninas que se desataron en la noche de cine, una noche donde no falló en ninguno de los discursos muestras del rechazo a esos abusos sexuales (curiosamente ninguno a hombres), a la igualdad salarial.

Penélope Cruz, vestida por Ralph & Russo, en los Golden Globe del 2018

En cabeza de esta manifestación total black (que se saltó la presidente de la HFPA, la periodista india Meher Tatna que fue de rojo, vestido y abrigo), anotaremos a Penélope Cruz, con un sugestivo Ralph & Russo de transparencias y encajes. No sé que será pero Pe es mucho más Pe fuera de nuestras fronteras, está más suelta y simpática en las entrevistas, parece más hermosa y aparenta la estrella que es, todo lo contrario de cuando aparece en promociones nacionales o entrevistas al uso, donde siempre se muestra distante, entre pueblerina y reticente, a la defensiva, huidiza, temerosa y un pelín amargada: debería probar a comportarse aquí igual que lo hace fuera, a todos nos iría mejor, ella incluida.

Halle Berry, vestida por Zuhaid Murad, en los Golden Globe del 2018

Bien, las señoras de negro, y ya que fue una noche de mujeres, apuntemos a nuestro parecer las más espectaculares. Halle Berry, de breve por no decir poca, tela de Zuhair Murad, que también medio desvistió a Catherine Zeta-Jones (que acompañó a su suegro, Kirk Douglas, a entregar un premio); Alicia Vikander, señora de Fassbender (se casaron este verano pasado en Ibiza), de monacal Louis Vuitton: la pantera Naomi Campbell exhibiendo un recatado Gaultier; las gasas negras Atelier Versace de Angelina Jolie. Y el bustier con pantalón de Maggie Gyllenhaal, de la firma española Monse (la mitad es del asturiano Fernando García). Porque en esa noche de las reivindicaciones femeninas no sólo se apoyó el desprecio al productor Harvey Weinstein -con pegatinas Time is Up (se acabó el tiempo) de monstruos similares, y Me Too, a mi también, que lucieron mujeres y hombres, éstos por cierto, impecables en smokings algunos, como Ricky Martin, combinando todos los accesorios en negro-, sino que muchas usaron pantalón y se atrevieron, como Susan Sarandon con femenino smoking, claro que de Saint Laurent. Para colmo ni una de ellas se vistió de Marchesa, la firma de Georgina Chapman, señora (en vías de divorcio) de Weinstein. Y, la verdad, ella no tiene la culpa, es la primera perjudicada.

Como tampoco la tenían Armie Hammer y Thimotée Chalamet, nominados y sin premio por “Call me by Your Name”, donde interpretan a una pareja homosexual, y eso, por lo del otro proscrito, Kevin Space: está muy mal visto en el reivindicativo Hollywood de estos momentos (y desde siempre, no me sean hipócritas),  los movimientos gay. Hammer y Chalamet no tienen la culpa, no. Y mucho menos Christopher Plummer, que a sus 88 años se quedó sin opción a premio al reinterpretar el papel de Spacey en “All the Money in the World”, ya que el rol del “maldito” fue borrado del filme de Ridley Scott y vuelto a rodar. Plummer fue con Rita Moreno, de 86 años y Carol Burnett, de 84, los veterano de la gala, donde ganó el citado Douglas con sus 101 de nada.

Naomi Campbell, de Jean Paul Gaultier, en los Golden Globe del 2018

Presentó la entrega de premios Seth Meyers, correcto aunque no brillante, que por supuesto aludió, entre chanzas discutibles, el problema Weinstein. Dijo, entre otras cosas, que hubiera estado allí como un elefante en una caharrería y que esperaba que su nombre volviera a pronuciarase en la sala del Beverly Hills Hilton en el tradicional Obituario ( o sea no sonara más hasta su muerte) y fuera abucheado. También bromeó con Woody Allen y por supuesto sobre Spacey, aunque la más ocurrente fue Natalie Portman (de Dior couture), al nombrar los candidatos al mejor director, “todos hombres”, remarcó en la femenina noche. Remató Barbra Streisand que recordó que ganó un Golden Globe en 1984 por dirigir “Yentl”, y no sabe de ninguna otra mujer que tuviera otro. Con todo, el discurso más relevante fue el de Oprah Winfrey (sirena de Versace) al recoger el premio Cecil B. De Mille a toda su carrera: su solemnidad, precisión y cordura al tocar temas como la discriminación racial, las diferencias salariales, incluso los abusos, fue tan medido y perfecto que levantó a la audiencia.

En esa fiesta de cine convocada por la Prensa Extranjera (HFPA) que reside en Hollywood y cuyo comité no excede de 90 miembros, las estrellas hicieron el paseíllo negro sobre rojo acompañadas de dirigentes sociales. Entre ellas  se pudo ver a Emma Watson que llegó con Marai Larasi, directora de Imkaan, organzación dedicada a a controlar la violencia de género en las minorías negras; Meryl Streep lo hizo con Ai-jen Poo, directora de National Domestic Workers Alliance, que organiza trabajadores domésticos en EE.UU.; Michelle Williams con Tarana Burke, fundadora del colectivo Me Too; mientras que Susan Sarandon fue con la activista  Rosa Clemente, y Emma Stone apareció con Billie Jean King, la ex tenista número uno del mundo.

Nos tocó una porción de premio cuando al mexicano Guillermo del Toro lo reconocieron como mejor director por “The shape of water”, aunque el mejor filme fue para “Tres anuncios en las afueras”,  cuya protagonista Frances McDormand se llevó el Globe a la mejor actriz en drama. Gary Oldman encarnando a Churchill en “Darkest hours” fue mejor actor en esa categoría.

Señalemos como dato que la presencia de Miss Golden Globe, una especie de azafata de lujo que recaía en la hija adolescente de alguna celebridad, ha sido anulada desde esta gala, aunque de ello no tengan la culpa Sophia (20), Sistine (18) y Scarlet (14), las tres hijas de Sylvester Stallone que ejercieron de tales en la edición del año anterior.